11.02.2010

dEsEnCuEnTrO


Este no fue un encuentro, sino un desencuentro, más que un acercamiento un afianzamiento de que nunca debieron estar así de cerca, como si nada hubiera de por medio cuando sus mismas naturalezas estaban ahí y en ese momento nada fue como parece, ni mucho menos ni mucho más malo, solamente no pudo ser, jamás pudo ser malo, si ambos en el intento se dieron cuenta de lo que eran y de qué estaban hechos y de qué no también, de para qué y para qué no también y tampoco.
Brujas, lunáticos, el guitarrero y su canción. La fogata estaba encendida, todos la contemplaban y la noche iba empezando. Alrededor los dos automóviles que los habían llevado hasta aquel místico lugar, desde donde dijeron se veían a lo lejos las luces de la ciudad y en el horizonte se fusionaban con el brillo de las estrellas, y así sucedió, esa noche estaba despejada, abierta a la tierra y regalando en su inmensidad el brillo sin igual de sus sin iguales estrellas, estas un poco más cercanas, gigantes, aparentemente alcanzables como ilusionando a quien se detenga a contemplarlas. Alrededor la noche lo había cubierto todo y solo se observaba lo que dibujaban las estrellas y lo que iluminaba la fogata que era fuerte y que era también acompañada por las luces de los carros que las pusieron suaves para no interrumpir la complicidad de luz tenue de la fogata, la música que salía de uno de los carros alegraba la noche que se iba animando entre botella y botella de “caliente” de ron o lo que fuera que entre botella y botella se iba enfriando cada vez más, ya no importaba, la noche ya estaba fría de por si, si no fuera porque el guitarrero atravesando casi por en medio del fuego cruzo el círculo, tomó su guitarra y malogró su primera canción, estaba un tanto ebrio y los que lo siguieron también. Eso ya hacia sonreír a todos y la noche se iba abrigando, pero nadie notó(o no lo quisieron hacer) que dos seres caminando se fueron a apoyarse, como quien se ha cansado de estar sentado a lado del fuego, sobre uno de los carros, a un lado donde poco o nada ayudaba la luz.
Ella hablaba de un gran hombre, del tipo que la había sorprendido, de aquel que había hecho de sus cosas banales las experiencias más entrañables, necesarias como el hecho de llamarse cada noche cuando durante el día habían hablado mil veces y aún se seguían extrañando y la noche era muy corta para hablar y soñar a la vez. Él hablaba de su necesidad de no querer a alguien que es tan diferente, a veces indiferente, hablaba de la forma en la que no la entiende y simplemente no le importa y solo se imagina el mundo sin ella y se da cuenta que nada podría ser, y comprende que es parte de ese amor la incertidumbre y la nostalgia, que por más nociva en su esencia entiende que también a sonreído por ellas y por ella porque ella es parte importante de eso, de la esencia de su amor, su nueva forma de vivir. Ella le habla del tiempo que pasaron juntos, de cómo lo descubrió e hizo de él el hombre de su vida. Él le hablaba de cómo ella había llegado a su vida y la había puesto de cabeza e increíblemente en un apacible huracán de emociones que no lo dejaban dormir noche a noche. Ella le decía que él tenía todos los defectos del mundo y que con su forma preocupada y apenada de tratar de hacerla sonreír frente a ellos, hacía que el mundo a su lado fuera perfecto. Él le comentó suspirando que la extrañaba mucho cada vez que no estaban juntos y que se retorcía de pena, no de cólera, de la sola idea de perderla en algún momento o por alguien. Ella le decía que estaba tranquila porque sabía que lo querría como ella sabia hacerlo, porque el tiempo los había llevado a eso, a esa química perfecta, decía que eran como las matemáticas (precisos el uno al otro) y como la física porque todo tenía un porque cuando estaban juntos. Él miró al cielo y recordó que todas las noches y sobre todo en las de luna llena, había soñado que estaban juntos y recordaba lo perfecto que se hacia cualquier lugar y lo miserable que era el tiempo. Ella le pasó el brazo por el hombro y recostó su cabeza en él. Él la miró y sintió como esta noche la había conmovido, él también lo estaba por todo lo evocado y juntó su cabeza a la de ella. Ella recordó en ese instante cuando había sido la última vez que él la había besado, recordó que entonces estaban sentados de la misma manera en otro lugar que tampoco olvidará, porque estaba con él, cuando aún era el hombre de su vida, y recordó que él la besó desde la frente al mentón para por fin tomar por asalto sus labios. Él la sintió desvanecerse en su hombro, como derrotada por los recuerdos. Él también la extrañó, pensó en lo perfecto que seria volver en tiempo y la distancia, curiosamente recordó el sabor en sus labios, la última vez que la besó, “hasta podría cantar la canción” se dijo y se le escapo un suspiro. Ella, frágil, recostada sobre él sintió el suspiro y se volvió a mirarlo. Él la sintió y sutilmente recordó que el primer beso no se da con los labios, que era en si con los ojos.
Sonó en la guitarra more than words, sólo en la guitarra, porque el guitarrero extasiado le cantaba mil canciones diferentes a su amada, y todas las confundía, pero esta era clara en la guitarra, nada más en ella. Ambos la reconocieron pero no les importó.


Él tenía la mirada fija a los ojos de ella y poco a poco como quien busca descubrir los misterios debajo y detrás de ellos fue bajando el perfil hacia sus labios hasta que con la nariz tocó la de ella y ella no retrocedió nunca. Era el aviso de que tenía que suceder. Suavemente intento una primera caricia con sus labios y ella también lo hizo, los tomo suyos y los estrujó, él sintió la humedad tenue de sus labios e hizo lo propio. Las bebidas habían hecho una gran labor, ambos disfrutaban del sabor de la noche y quizás la canción. El alcanzo a despertar de lo que estaba soñando en un momento y sintió todo el derroche de pasión entre ambos, eso lo sorprendió y se detuvo un momento-¿o ella lo hizo? ninguno lo sabe-. El beso fue la fusión de dos epidermis y la notoria divergencia de dos fantasías. Así fue.
Él dijo “¿a donde te fuiste? He notado cierta pasión”, ella abriendo los ojos lo miró y con una sonrisa tenue y algo avergonzada respondió: “¿has sentido lo mismo que yo?”. Él por no asentir, tenuemente sonrió, agudizo y entrecerró sus ojos hacia ella, como tratando de entenderla-ya sabia a lo que ella se refería-. “Has pensado tanto en ella como yo en él” dijo ella volviendo la mirada hacia el grupo tratando de descubrir si alguien los había visto y una vez más y con toda la seguridad y con voz muy bajita volvió “entre la noche y esta pasión que hemos desbordado, los hemos recordado. Tu y yo no estamos acorazados para este juego”. Él asintió otra vez y con más seguridad, sonriendo porque por fin sea como fuere, alguien entendió que se estaba muriendo de amor a mudas y respondió: “Que mejor forma de aceptar cuanto la quiero que en tus labios, no la he podido recordar mejor y que pena que esas pasiones sean ajenas y en algún modo ahora esquivas”. Ella volvió a hablar de aquel hombre mirando al vacio, él había empezado siendo el amor de su vida, luego de dos años era simplemente su enamorado y que ahora meses después nada más estaban peleados entre eso la nostalgia denotó algo de tristeza. Él solo pudo recordar que su amor era parecido, un amor fugaz que pudo ser y que no fue, porque la vida se lo presentó en un momento en el que todo estaba al revés, un amor que dura toda una noche y que en la mañana deja de ser, porque es imposible como imposible es no morir..."y que al final es como si fuéramos dos extraños que se dejan detrás y se vuelven a ver y dejan de ser extraños y si dicen no quererse ninguno sabe si miente, vuelven a actuar, terminan mintiéndose, se despiden y vuelven a ser extraños otra vez". Ella dijo mientras volvían hacía el grupo “es muy bonita esa canción de Alejandro Sanz”. Rieron. La canción que sonaba era atractiva para cantarla y cambiarle la letra al gusto y por placer. Cantaron, se miraron, sonrieron, se rieron, se abrazaron y la noche se iba terminando.


Ya de regreso hablaron de cómo el guitarrero construyó la noche destruyendo canciones. Se rieron. No se miraron. Callaron. Se despidieron. Y colorín colorado, el beso a demostrado que no es lo suficientemente importante para destruir algo que el tiempo mismo a formado, como las constelaciones de esa noche o las historias que en ellas se han escrito en mucho más tiempo que una noche o un beso.