8.30.2010

3108 Feliz día bloggers!!!

Todo lo que quería decir se dice mejor en este video vergonzante.


Es una vieja tradición, que se remonta al remoto año de 2005, esa época cavernaria, cuando el mundo aún no conocía YouTube ni Twitter ni nada parecido pero, al menos, ya había descubierto el fuego o, mejor dicho, el blog. En ese lejano entonces ya existía una comunidad más o menos activa de blogueros en el mundo, incluido el Perú, que, buscando una forma de sedimentar a sus entonces frágiles redes, crearon el Blog Day.

Mucho ha cambiado desde entonces. Los blogs se volvieron mainstream, hicieron que el mundo (o sea, los medios) volteara la vista hacia lo que la gente común y corriente publica, algunos blogueros se convirtieron en referentes, los menos empezaron a vivir del blog... y luego fueron desplazados por las redes sociales.

Esto último es una verdad a medias. Los blogs siguen allí, cada vez hay más, pero la atención mediática se centra principalmente en lo que pasa en Twitter y Facebook (de hecho, salvo Susana Villarán -que incluso participó en el Blog Day del 2007- ningún otro candidato en estas elecciones tiene blog). Las cifras los avalan. Cálculos informales aseguran que existen unos 40 mil bloggers peruanos, un número que -si bien es mayor al promedio de la región- palidece ante los 3 millones de peruanos que están en Facebook.

Por supuesto, mantener un blog implica un esfuerzo mucho mayor al de alimentar de vez en cuando tu cuenta de Facebook y por eso la notoria desproporción en las cifras. Otro de los problemas es que cada vez resulta más difícil crear una comunidad alrededor de un blog. Ahora, las comunidades suelen recalar en Facebook (o Twitter, incluso), lo que disminuye el feedback de los lectores en el blog mismo. En resumen: en el 2010 ser blogger es tan o más complicado que en el 2005.

Por eso que el Blog Day (celebrado el 31 de agosto por la similitud de "3108" con la palabra "Blog") vuelve a tener sentido.

Serie "habia una vez..." José Campanari

Y la maceta tenía una planta.
La mujer regaba la planta todos los días.
Pero la planta no crecía.
La mujer ponía la planta al sol.
Pero la planta no crecía.
La mujer le ponía fertilizante a la planta.
Pero la planta no crecía.
Después de dos años de cuidar la planta y ver que no crecía, la mujer tiró la maceta desde la terraza.
La maceta no se rompió, porque era de plástico.
La planta también.


Había una vez una mujer que compraba todo en el supermercado los jueves a la tarde.
Un jueves a la mañana se dio cuenta que no tenía nada para el almuerzo.
Después de pensar un rato, decidió ir al almacén de Don Quique, a comprar algo para el almuerzo.
Compró una lata de tomates, un paquete de fideos, un pan lactal y una bolsita de queso rallado.
- Compré cuatro cosas locas y gasté un montón de plata – dijo la mujer al salir del almacén – y gasté un montón de plata.
Cuando la mujer llegó a su casa y abrió la bolsa, la lata de tomates se creía una lata de pintura roja; los fideos de creían que eran palitos chinos; las rodajas de pan se pensaban que eran cjas de compact disc y el queso rallado estaba seguro de que era Napoleón.
Tenía razón la mujer: había comprado cuatro cosas locas.


Había una vez una mujer que no sabía qué hacer para que su hijo dejara de usar el chupete.
Lo primero que hizo fue mojarlo en un líquido asqueroso (al chupete, no al hijo).
Pero él (el hijo, no el chupete), después de hacer cara de asco, lo siguió usando.
Lo segundo que hizo (la mujer, se entiende) fue esconderlo (al chupete, no al hijo).
Pero él (el hijo, no el chupete),lo encontró y lo siguió usando.
Lo tercero que hizo la mujer, fue tirar el chupete por la ventana. Pero un señor que pasaba por la calle, se lo devolvió y su hijo (el de la mujer, no el del señor), lo siguió usando.
Ese día la mujer decidió dejar que su hijo fumara.
Después de todo, él (el hijo, se entiende) ya tenía treinta y dos años.


Había una vez un hombre que tenía cinco pelos rebeldes.
Cuando se peinaba para atrás, los cinco pelos se venían para adelante.
Cuando se peinaba para el costado, los cinco pelos se iban para atrás.
Cuando se peinaba para adelante, se iban para el costado.
El hombre se peinaba al agua, a la gomina o al viento. Pero los cinco pelos rebeldes siempre hacián lo que querían.
Un día el hombre se cortó los cinco pelos rebeldes y se acabó el problema.
No se tiene que peinar más.
Ahora es calvo.


Había una vez dos hombres en una biblioteca. Uno quería leer un libro, el otro pensaba.
El que quería leer un libro, se puso las lentes de contacto.
Pero no pudo leer.
El otro pensaba.
El que quería leer un libro, se puso los anteojos de ver de cerca.
Pero no pudo leer.
El otro pensaba.
El que quería leer un libro, se puso los anteojos de ver de lejos.
Pero no pudo leer.
El otro pensaba.
Por fin, el que quería leer (un libro, se entiende) se puso los anteojos de ver de cerca sobre las lentes de contacto y los de ver de lejos sobre los de ver de cerca.
Pero no pudo leer.
-¿Por qué no tomará un libro, si lo que quiere es leer?- el otro pensaba.


8.06.2010

Hasta el horizonte



Todo estaba en silencio, la luna y las estrellas estaban en su lugar, la noche estaba un tanto fría pero nada importaba, el gato y la vampira estaban juntos, él la miraba siempre en silencio, como fue la primera vez, el aire y el tiempo habían dejado de sonar en su interior, ella observaba el horizonte en aquella peña en la que él se detenía a observar el cielo y las estrellas. Estaba sola y el no había hecho más que acercarse a su lado y quedarse ahí, a esperar el mejor momento, ella observaba el horizonte como esperando algo, quizás trazando un camino. Él la miraba, este silencio no era frió era mágico, el momento perfecto para hacerlo eterno. El silencio decía que las locas carreras habían alcanzado armonía de repente un nuevo rumbo.
Había pasado mucho tiempo desde la última desaparición de la vampira, por esto era muy común ver al gato tranquilo y sonriente observando al infinito, sentado regalando una silueta nostálgica, esperanzadora ha contra luz de la luna y en oscuridad absoluta acompañado de las estrellas cuando la luna era ausente o estaba incompleta. Nunca había dejado de esperarla. Quienes ahí lo observaban murmuraban sobre lo extraño que era ver tan apacible al gato cuando todos recordaban la sonrisa sin par que se le recordaba en las noches de luna llena cuando iba corriendo detrás de una sombra, de una silueta o lo que fuera que solo él veía, que sólo él había descubierto y que los demás comentaban y criticaban, por su fugacidad, y que otros más envidiaban, ingenuo, estúpido loco, le decían al verlo correr tan feliz y algunos más habían llegado a sentir pena cuando terminaba la noche al verlo sentado debajo de la luna que se perdía en el cielo entre los rayos del sol, como se iban perdiendo también su desenfreno, su sonrisa, el brillo de sus ojos que en vez de iluminarse al sol, se opacaban , lo cegaban de algo que otros no veían y se quedaba sentado donde hubiera terminado la noche, esperando una vez más a la luna, aquella que en la oscuridad iluminaba su felicidad, su locura, la que a los ojos de los demás lo hacia tonto, ingenuo, estúpido, loco, pero que a los suyos era la felicidad plena, el alma de una sonrisa inexplicable en un gato que iba felizmente corriendo detrás de algo o alguien que irradiaba felicidad pero que nadie más podía ver, sentir, mucho menos entender.



El gato sabía que algo debía hacer pero el silencio continuaba. Era como en las primeras veces de todas las historias, tenía toda la noche planeada desde que decidió que no perdería a la vampira en la próxima luna y lo había logrado, pero todo lo perfectamente planeado no alcanzaba a la perfección de la felicidad de estar por fin a lado de la vampira. Estaba a su lado, estaba en silencio desde que la encontró sentada en aquella peña observando la luna, había llegado antes que él, quizás lo estaba esperando, él solo tenía que preguntar para saberlo, habían tantas cosas por saber, muchas cosas soñadas por hacer, estrellas por contar a su lado, escribir en ellas las historias de gatos y vampiros corriendo hasta la eternidad. Calmo y sin poder pensar, tratando de no olvidar desde ese momento todo lo increíble que estaba viviendo, el gato se preparaba a romper el silencio. Se escuchó de repente rompiendo el silencio y el miedo, con voz aliviada quizás algo cansada…“Detuve el tiempo en mi para esperar a este momento, conté las estrellas en las noches sin luna, dibuje nuestra silueta en constelaciones que serán nuestras, donde tu y yo éramos felices como en mis recuerdos, observándote en silencio y tu dejándote observar, como ahora”. Ella volvió la mirada, sería la primera vez en esta noche, ahora sí el gato tendría la certeza del recuerdo fugaz de la primera vez, pupila a pupila, como un eclipse, una alineación perfecta de cuatro astros, todos alineados coincidentemente en un universo que no entendía de casualidades, un hecho que enrumbaba sin saberlo el destino de estos dos seres. Él la vio, como la había soñado, hasta más preciosa, ella volvió a verlo, porque sí, sí lo había visto la primera vez y también se vio atrapada en esa sonrisa, en aquella desconexión del mundo que hacía que el gato anduviese feliz y lo quiso también para ella y él no dudó en seguirla para la felicidad de ambos, aquella primera vez. Viéndolo a los ojos, descubrió que también los tenía hermosos, no era la belleza de los ojos de los gatos, era la felicidad que adornaba estos, veía sus ojos reflejados en ellos, eran perfectos juntos. “Tu mirada me dice lo mismo que la primera vez, en el último segundo, tan linda, como la primera luz del amanecer que nos separó, que fue lo más cerca y lejos que estuvimos, cuando al volver la mirada hacia ese último instante, te encontré tan feliz, la felicidad que nunca olvidé y por la que en las noches de luna llena volví y te encontré tan tímido y silencioso, enamorado y receloso siempre, fui hacia ti porque dentro de mi sentía, como se siente la vida, que como yo, tu también irías corriendo detrás de lo nuestro, hasta alcanzar el horizonte y nunca olvidaré que así fue. Tu mirada me dice lo mismo hoy, como si en el tiempo me hubieras capturado hasta este momento”. El gato apoyo su cabeza en el brazo de ella y ella lo acogió dentro y lo abrazó, no había más que decir, ambos miraban al horizonte como tratando de descubrir hasta donde podrían llegar juntos.
La sonrisa del gato había perdido la nostalgia, era plena ahora, sus ojos reflejaban a la vampira y la luna en medio de una felicidad sin par, le encantaba el aroma de los cabellos borgoña de la vampira que con el viento rozaban su rostro. Hacía frío y ambos estaban tan pegados el uno al otro que se confundían y parecían uno, secuestrados del tiempo. Faltaba poco para el amanecer y ambos decidieron dar un paseo por el universo donde solo ellos entendían que pasaba. Caminaron y hablaron de las lunas juntos y los amaneceres implacables que los separarían, incluso pensaron en irse corriendo detrás de la noche, evitando para siempre al sol, pero era pronto o muy tarde para empezar, se alejarían muy poco y este tarde o temprano los separaría otra vez, quedaban pocos minutos antes del amanecer y un mundo por recorrer.



Caminaban hasta el fin de la noche entre ligeros episodios de silencio que hacían más cómoda la brisa, hasta que en uno de estos, en el bosque con la luna brillante se oyó una voz misteriosa y desgastada, venía de los ramales de uno de los árboles…”
su felicidad no es la de un loco, su novia es preciosa y radiante la felicidad que emanan a su paso”…era el búho, dueño de la noche en el bosque. El gato se quedó sorprendido porque por vez primera alguien veía como él lo que estaba ocurriendo y la vampira lo observaba con una ligera sonrisa. “Que sus ojos nocturnos reflejen para siempre la felicidad que las noches de luna llena le han dado a mi vida” dijo el gato. Aún más sorprendida la vampira, vio al gato como si este estuviese dispuesto a desafiar al mundo y dejarlo atrás por ella. Lo miró a los ojos, le hizo un guiño muy feliz y coqueto y echóse a correr sin mirar atrás confiando y sabiendo que él iría con ella con rumbo a la noche, la noche eterna de la felicidad sin par. Él se quedo parado observando a la vampira alejarse del amanecer, mostrándole el camino por el cual optar, sintiendo que una vez más el amanecer los podía separar. Nunca volvió la mirada, siempre la tuvo de frente hacia donde iba ella y sonriente como siempre emprendió la carrera hacia el horizonte. El gato y la vampira se fueron pediendo en el ocaso mientras a sus espaldas el alba tan hermosa amenazaba.
¡Nunca he dejarte correr sola, mientras en las estrellas pueda escribir nuestra historia!
Todos continuaron hablando, algunos pocos decían que el gato y la vampira fueron felices pero otro más decían que más tarde el amanecer los alcanzó y fue tan grande la desilusión que el gato decidió volver pero nunca encontró el camino de regreso a casa y continuó esperando donde lo cogiese el amanecer a las mágicas noches de luna llena y que la vampira en las noches de luna llena nunca más volvió a aparecer. Desde aquella vez se dice que siempre se verá a un gato esperando, observando o sollozando en noches de luna.

8.03.2010

HIPOTERMIA PLUMAR


Poco pide un pingüino para poder pasarla perfectamente, apenas pide un poco de paz, y paz era precisamente lo que pedía Paco pingüino, pero se le contraponían un par de protuberantes problemas. Primero, pájaro bobo es el apelativo que los científicos le han puesto a los pingüinos y para un pingüino susceptible no cabe duda que de pájaro bobo a pajarraco pendejo no hay sino un paso, por otra parte paco pingüino padecía hipotermia plumar (¿¡¿cuac?!?) dicho en buen cristiano el tipo era friolento, y si pensamos en un pingüino que pasa su vida en el polo y que es friolento, pues claro, los demás pingüinos de la pingüinada lo apartaban, lo pateaban, lo pisoteaban. “¡Plumífero estúpido, tarugo, pelmazo, pánfilo le decían y ni mencionar las palabras procáces que proferían los pingüinos pandilleros. Por todo esto Paco pingüino estaba deprimido, andaba de psicólogo en psiquiatra y psicoanalista pero ninguno ayudaba con el problema de frío y soledad que Paco pingüino aquejaba. Y la historia tendría un final patético si no fuera porque un día pasaba por en frente a “La Panacea. Perfumería y droguería” y aprovechó para entrar a pedir unas pastillas para la gripe, pastillas para el pecho que le molestaba permanentemente, pero estaba realizando su pedido cuando presintió una presencia por la parte posterior y volteo a mirar, era ¡ella! Sí era ella, era Patty pingüina, otra pingüina apartada, curiosamente también por hipotérmica, pero Paco pingüino la encontró preciosa, tan preciosa que quedó ahí petrificado, plantado, pasmadote pero no congelado, nunca más. Por fortuna Paco pingüino poseía el poder de la palabra, por lo que pupila a pupila le dijo a Patty pingüina:“primorosa aparición de plumas plateadas, ¿podrías pisarme la patita, please?” particular petición podría parecer esta de pisarse las patitas, pero para los pingüinos este gesto de pisarse las patitas equivale al sueño de enamorado de darse un besito, a plantarse un pico y Patty pingüina al ver a tan apuesto pájaro con tal proposición no dudo un instante, no lo pensó dos veces y pisole la patita a Paco pingüino y desde ese instante juntos este par sintieron que por dentro la temperatura oscilaba sin control, patinaba, supieron sin necesidad de palabras, de manera tácita que ya no padecían hipotermia, al contrario sentían unas ganas inmensas, inconmensurables, imparables, inpajaritables de tomarse la punta de las plumas de las aletas y nadar así juntitos por las corrientes más frías del océano polar, desde entonces no volvieron a usar pastillas, ya no padecían hipotermia y desde entonces y más importante aún nadie los volvió a tratar mal, porque a un par de pájaros apasionados, enamorados, nadie nunca jamás podrá decirles con justicia, pájaros bobos.