
Todo estaba en silencio, la luna y las estrellas estaban en su lugar, la noche estaba un tanto fría pero nada importaba, el gato y la vampira estaban juntos, él la miraba siempre en silencio, como fue la primera vez, el aire y el tiempo habían dejado de sonar en su interior, ella observaba el horizonte en aquella peña en la que él se detenía a observar el cielo y las estrellas. Estaba sola y el no había hecho más que acercarse a su lado y quedarse ahí, a esperar el mejor momento, ella observaba el horizonte como esperando algo, quizás trazando un camino. Él la miraba, este silencio no era frió era mágico, el momento perfecto para hacerlo eterno. El silencio decía que las locas carreras habían alcanzado armonía de repente un nuevo rumbo.
Había pasado mucho tiempo desde la última desaparición de la vampira, por esto era muy común ver al gato tranquilo y sonriente observando al infinito, sentado regalando una silueta nostálgica, esperanzadora ha contra luz de la luna y en oscuridad absoluta acompañado de las estrellas cuando la luna era ausente o estaba incompleta. Nunca había dejado de esperarla. Quienes ahí lo observaban murmuraban sobre lo extraño que era ver tan apacible al gato cuando todos recordaban la sonrisa sin par que se le recordaba en las noches de luna llena cuando iba corriendo detrás de una sombra, de una silueta o lo que fuera que solo él veía, que sólo él había descubierto y que los demás comentaban y criticaban, por su fugacidad, y que otros más envidiaban, ingenuo, estúpido loco, le decían al verlo correr tan feliz y algunos más habían llegado a sentir pena cuando terminaba la noche al verlo sentado debajo de la luna que se perdía en el cielo entre los rayos del sol, como se iban perdiendo también su desenfreno, su sonrisa, el brillo de sus ojos que en vez de iluminarse al sol, se opacaban , lo cegaban de algo que otros no veían y se quedaba sentado donde hubiera terminado la noche, esperando una vez más a la luna, aquella que en la oscuridad iluminaba su felicidad, su locura, la que a los ojos de los demás lo hacia tonto, ingenuo, estúpido, loco, pero que a los suyos era la felicidad plena, el alma de una sonrisa inexplicable en un gato que iba felizmente corriendo detrás de algo o alguien que irradiaba felicidad pero que nadie más podía ver, sentir, mucho menos entender.

El gato sabía que algo debía hacer pero el silencio continuaba. Era como en las primeras veces de todas las historias, tenía toda la noche planeada desde que decidió que no perdería a la vampira en la próxima luna y lo había logrado, pero todo lo perfectamente planeado no alcanzaba a la perfección de la felicidad de estar por fin a lado de la vampira. Estaba a su lado, estaba en silencio desde que la encontró sentada en aquella peña observando la luna, había llegado antes que él, quizás lo estaba esperando, él solo tenía que preguntar para saberlo, habían tantas cosas por saber, muchas cosas soñadas por hacer, estrellas por contar a su lado, escribir en ellas las historias de gatos y vampiros corriendo hasta la eternidad. Calmo y sin poder pensar, tratando de no olvidar desde ese momento todo lo increíble que estaba viviendo, el gato se preparaba a romper el silencio. Se escuchó de repente rompiendo el silencio y el miedo, con voz aliviada quizás algo cansada…“Detuve el tiempo en mi para esperar a este momento, conté las estrellas en las noches sin luna, dibuje nuestra silueta en constelaciones que serán nuestras, donde tu y yo éramos felices como en mis recuerdos, observándote en silencio y tu dejándote observar, como ahora”. Ella volvió la mirada, sería la primera vez en esta noche, ahora sí el gato tendría la certeza del recuerdo fugaz de la primera vez, pupila a pupila, como un eclipse, una alineación perfecta de cuatro astros, todos alineados coincidentemente en un universo que no entendía de casualidades, un hecho que enrumbaba sin saberlo el destino de estos dos seres. Él la vio, como la había soñado, hasta más preciosa, ella volvió a verlo, porque sí, sí lo había visto la primera vez y también se vio atrapada en esa sonrisa, en aquella desconexión del mundo que hacía que el gato anduviese feliz y lo quiso también para ella y él no dudó en seguirla para la felicidad de ambos, aquella primera vez. Viéndolo a los ojos, descubrió que también los tenía hermosos, no era la belleza de los ojos de los gatos, era la felicidad que adornaba estos, veía sus ojos reflejados en ellos, eran perfectos juntos. “Tu mirada me dice lo mismo que la primera vez, en el último segundo, tan linda, como la primera luz del amanecer que nos separó, que fue lo más cerca y lejos que estuvimos, cuando al volver la mirada hacia ese último instante, te encontré tan feliz, la felicidad que nunca olvidé y por la que en las noches de luna llena volví y te encontré tan tímido y silencioso, enamorado y receloso siempre, fui hacia ti porque dentro de mi sentía, como se siente la vida, que como yo, tu también irías corriendo detrás de lo nuestro, hasta alcanzar el horizonte y nunca olvidaré que así fue. Tu mirada me dice lo mismo hoy, como si en el tiempo me hubieras capturado hasta este momento”. El gato apoyo su cabeza en el brazo de ella y ella lo acogió dentro y lo abrazó, no había más que decir, ambos miraban al horizonte como tratando de descubrir hasta donde podrían llegar juntos.
La sonrisa del gato había perdido la nostalgia, era plena ahora, sus ojos reflejaban a la vampira y la luna en medio de una felicidad sin par, le encantaba el aroma de los cabellos borgoña de la vampira que con el viento rozaban su rostro. Hacía frío y ambos estaban tan pegados el uno al otro que se confundían y parecían uno, secuestrados del tiempo. Faltaba poco para el amanecer y ambos decidieron dar un paseo por el universo donde solo ellos entendían que pasaba. Caminaron y hablaron de las lunas juntos y los amaneceres implacables que los separarían, incluso pensaron en irse corriendo detrás de la noche, evitando para siempre al sol, pero era pronto o muy tarde para empezar, se alejarían muy poco y este tarde o temprano los separaría otra vez, quedaban pocos minutos antes del amanecer y un mundo por recorrer.

Caminaban hasta el fin de la noche entre ligeros episodios de silencio que hacían más cómoda la brisa, hasta que en uno de estos, en el bosque con la luna brillante se oyó una voz misteriosa y desgastada, venía de los ramales de uno de los árboles…”su felicidad no es la de un loco, su novia es preciosa y radiante la felicidad que emanan a su paso”…era el búho, dueño de la noche en el bosque. El gato se quedó sorprendido porque por vez primera alguien veía como él lo que estaba ocurriendo y la vampira lo observaba con una ligera sonrisa. “Que sus ojos nocturnos reflejen para siempre la felicidad que las noches de luna llena le han dado a mi vida” dijo el gato. Aún más sorprendida la vampira, vio al gato como si este estuviese dispuesto a desafiar al mundo y dejarlo atrás por ella. Lo miró a los ojos, le hizo un guiño muy feliz y coqueto y echóse a correr sin mirar atrás confiando y sabiendo que él iría con ella con rumbo a la noche, la noche eterna de la felicidad sin par. Él se quedo parado observando a la vampira alejarse del amanecer, mostrándole el camino por el cual optar, sintiendo que una vez más el amanecer los podía separar. Nunca volvió la mirada, siempre la tuvo de frente hacia donde iba ella y sonriente como siempre emprendió la carrera hacia el horizonte. El gato y la vampira se fueron pediendo en el ocaso mientras a sus espaldas el alba tan hermosa amenazaba.
¡Nunca he dejarte correr sola, mientras en las estrellas pueda escribir nuestra historia!
Todos continuaron hablando, algunos pocos decían que el gato y la vampira fueron felices pero otro más decían que más tarde el amanecer los alcanzó y fue tan grande la desilusión que el gato decidió volver pero nunca encontró el camino de regreso a casa y continuó esperando donde lo cogiese el amanecer a las mágicas noches de luna llena y que la vampira en las noches de luna llena nunca más volvió a aparecer. Desde aquella vez se dice que siempre se verá a un gato esperando, observando o sollozando en noches de luna.
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