12.13.2010

Feliz Día Sporting Cristal / Amor A Primera Vista (Jaime Bayly)



Lunes 13 de Diciembre el Club Sporting Cristal cumple 55 años.  Feliz día celeste, feliz día al amor que ya nació hace 55 años y feliz día y felices los demás también porque siempre andaremos juntos. En las buenas, en las malas y en las peores también.





*Tomado de "No Se Lo Digas A Nadie"
Corría el año de 1979. Para mí, literalmente corría: me escapaba del colegio (corriendo, tras escabullirme por un hueco del alambrado), me fugaba de la casa de mis padres (corriendo por la bajada de los Cóndores, en las alturas de Chaclacayo), huía de mi soledad (corriéndomela).

Yo tenía entonces 14 años y ya algunos desengaños.

Una mañana de invierno me marché de la casa de mis padres. No era la primera vez, no sería la última. Llevaba conmigo una vieja maleta de mi abuelo. Antes de huir, confundí en ella una radio portátil, revista de fútbol, una foto estragada de Farrah Fawcett y algo de ropa.

Qué hubiera sido de mí en esos años sin Pocho y Farrah Fawcett. Pocho me acompañaba en la radio todas las noches (Ovación de radio El Sol; un Perú en sintonía), a Farrah Fawcett la amaba, afiebrado, con una mano. El gordo era mi amigo del alma; la rubia, mi amante furtiva (y en este caso fugitiva).

Escondido en un modesto hotel del centro de Lima, leí en la prensa que Cristal jugaría ese fin de semana en Huancayo. No lo dudé: fuí a la estación de Desamparados, compré un boleto y viajé en tren a Huancayo. Mentiría si dijera que el viaje fue una paliza. Una guapa estudiante de la Católica, que me invitó cigarrillos y me permitió recostarme en sus piernas y acaricio mi aturdida cabeza, me enseñó que es posible encontrar ternura y belleza en un tren de madrugada a la sierra.

Yo todavía no era hincha de nadie. No quería ser de la “U”, tampoco del Alianza. Desde chico me he resistido (es un instinto que agradezco) a estar en las mayorías. Veía con simpatía al Muni y a Cristal. Me gustaba que fuesen equipos marginales, minoritarios.

Tal vez me sentía más cerca del Muni, por que ciertas tardes después del Colegio de regreso a Chaclacayo, me trepaba a los muros del Hebraica y lo veía entrenar.

Cristal era entonces una causa perdida. A mí siempre me han gustado las causas perdidas.

Ese domingo en el estadio de Huancayo fuí uno de los treinta o cuarenta entusiastas que, agitando banderas, golpeando bombos, y fatigando las gargantas, afirmamos a viva voz, sobre los crujientes bancas, nuestra (desolada) pasión por Cristal.

Conocí aquella tarde que no siempre goles son amores: a veces, si los gritas allá arriba, en la montaña, son también soroches.

Borracho de alegría (aunque no solo de alegría), pasé esa noche procurando inútilmente alguna forma de comercio verbal con dos alemanes que, del todo indiferentes a mis ardores futboleros, fumaban, taciturnos, una pipa de marihuana.

Por supuesto, no podía faltar al siguiente partido de Cristal, Habría sido un crimen perderme los desplantes del Loco Quiroga, las operaciones sin anestesia del Panadero Díaz, la aérea elegancia del Gran Capitán, el zig zag del Trucha, la zurda astuta del Ciego y sobre todo, el arte muy peruano de Cachito, que consistía, bien se sabe, en despreciar los goles fáciles (pelota reventada a la tribuna), para sólo convertir los imposibles.

La cita fue en el Nacional de Lima contra la “U”. Compré entrada en la tribuna Oriente para estar con la despoblada barra de Cristal, pero, sobre todo, porque no me alcanzó la plata para comprar Occidente.

Me veo ahora sentado en una banca de Oriente Alta, apretujado, comiendo incontables barquillos, la radio a pilas encendida en Ovación, la voz risueña de Pocho recorriendo como un eco el estadio, los olores recios a fritangas, café y maní, las manos rojas de aplaudir.

Cuando Percy metió el primer gol, un hombre obeso, en guayabera, que había estado observándome sentado en las gradas, me cogió del brazo y, en medio del griterío, me dijo al oído:

- Soy policía, Mejía de la PIP. Vengo contratado por tu viejo. Andaba buscándote. Vamos, tengo que llevarte a tu casa.

Le rogué que me permitiera ver el partido. Se negó, siempre agarrándome del brazo. Tenía que cumplir su papel de duro. Bajando las escaleras, esquivando riachuelos de orina, insistí:

- Ya pues, hermano. Sé buena gente, que te cuesta. Vemos el partido y nos vamos.

En ese momento, las tribunas rugieron gol. Era obvio, por el estruendo de los festejos, que la U había metido ese gol.

- Mierda, nos empataron - dijo Mejía, olvidando sus tareas de sabueso, delatando su pasión por Cristal.- Vamos, corre -añadió, y trepó de dos en dos las pestilentes escaleras, de regreso a la tribuna.

El fútbol tiene esa magia: suspende la realidad, suprime, aunque sólo sea por noventa minutos, las contrariedades y amarguras que a todos nos son inevitables, inventa un mundo propio, donde, por lo general, prevalecen la destreza, el arrojo, la armonía (pero en el cual, como en la vida, no siempre ganan los buenos).

Mejía y yo nos sentamos en las gradas porque mi sitio ya había sido ocupado. Cuando Cristal metió el segundo gol, Mejía saltó, gritó como un oso, exhibió sin pudor su condición de fanático.

Yo no me alegré tanto. Estaba pensando en lo que me esperaba en casa de mis padres después del partido. Pero fue con el tercer gol de Cristal cuando Mejía enloqueció de alegría, me disolvió en un abrazo virulento y, sometiéndome al severo olor de sus axilas, gritó conmigo, como un niño:

- ¡Gol, carajo, Gol!

Saltaba a la vista (literalmente saltaba) que Mejía era un hincha de los que lloran cuando pierde su equipo.

Esa noche Cristal ganó tres a uno, y Mejía me llevó a Chaclacayo. En el camino, media hora de huecos y camiones, sólo hablamos de fútbol, Pocho en la radio comentando y entrevistando desde camerinos (Oye, Panadero, ahora que han ganado, ¿me vas a invitar por fin el cebiche que me debes?). Al despedirnos, Mejía me abrazó con la complicidad de la victoria.

- Nos vemos en el estadio el próximo domingo- me dijo.

Mi padre abrió la puerta. No levantó la voz ni me hizo reproches. Más bien me sorprendió:

- Sabía que ibas a ir al estadio.

Entré en la cocina. Mi madre me esperaba con algo de comida. Me abrazó, resignada ya a mis fugas y desvaríos.

- ¿Estás bien? - me preguntó.

- Si -le dije-, Ganó Cristal.

Todo estaba bien, en efecto. Había olvidado mi radio a pilas en el estadio y mi foto de Farrah Fawcett en el hotel, para no mencionar el penoso regreso a la casa de mis padres, pero la certeza de saberme hincha de Cristal compensó sobradamente esos percances.

A Mejía lo volví a ver en el estadio. Llevaba consigo una radio a pilas que, estoy seguro, era la mía.




11.02.2010

dEsEnCuEnTrO


Este no fue un encuentro, sino un desencuentro, más que un acercamiento un afianzamiento de que nunca debieron estar así de cerca, como si nada hubiera de por medio cuando sus mismas naturalezas estaban ahí y en ese momento nada fue como parece, ni mucho menos ni mucho más malo, solamente no pudo ser, jamás pudo ser malo, si ambos en el intento se dieron cuenta de lo que eran y de qué estaban hechos y de qué no también, de para qué y para qué no también y tampoco.
Brujas, lunáticos, el guitarrero y su canción. La fogata estaba encendida, todos la contemplaban y la noche iba empezando. Alrededor los dos automóviles que los habían llevado hasta aquel místico lugar, desde donde dijeron se veían a lo lejos las luces de la ciudad y en el horizonte se fusionaban con el brillo de las estrellas, y así sucedió, esa noche estaba despejada, abierta a la tierra y regalando en su inmensidad el brillo sin igual de sus sin iguales estrellas, estas un poco más cercanas, gigantes, aparentemente alcanzables como ilusionando a quien se detenga a contemplarlas. Alrededor la noche lo había cubierto todo y solo se observaba lo que dibujaban las estrellas y lo que iluminaba la fogata que era fuerte y que era también acompañada por las luces de los carros que las pusieron suaves para no interrumpir la complicidad de luz tenue de la fogata, la música que salía de uno de los carros alegraba la noche que se iba animando entre botella y botella de “caliente” de ron o lo que fuera que entre botella y botella se iba enfriando cada vez más, ya no importaba, la noche ya estaba fría de por si, si no fuera porque el guitarrero atravesando casi por en medio del fuego cruzo el círculo, tomó su guitarra y malogró su primera canción, estaba un tanto ebrio y los que lo siguieron también. Eso ya hacia sonreír a todos y la noche se iba abrigando, pero nadie notó(o no lo quisieron hacer) que dos seres caminando se fueron a apoyarse, como quien se ha cansado de estar sentado a lado del fuego, sobre uno de los carros, a un lado donde poco o nada ayudaba la luz.
Ella hablaba de un gran hombre, del tipo que la había sorprendido, de aquel que había hecho de sus cosas banales las experiencias más entrañables, necesarias como el hecho de llamarse cada noche cuando durante el día habían hablado mil veces y aún se seguían extrañando y la noche era muy corta para hablar y soñar a la vez. Él hablaba de su necesidad de no querer a alguien que es tan diferente, a veces indiferente, hablaba de la forma en la que no la entiende y simplemente no le importa y solo se imagina el mundo sin ella y se da cuenta que nada podría ser, y comprende que es parte de ese amor la incertidumbre y la nostalgia, que por más nociva en su esencia entiende que también a sonreído por ellas y por ella porque ella es parte importante de eso, de la esencia de su amor, su nueva forma de vivir. Ella le habla del tiempo que pasaron juntos, de cómo lo descubrió e hizo de él el hombre de su vida. Él le hablaba de cómo ella había llegado a su vida y la había puesto de cabeza e increíblemente en un apacible huracán de emociones que no lo dejaban dormir noche a noche. Ella le decía que él tenía todos los defectos del mundo y que con su forma preocupada y apenada de tratar de hacerla sonreír frente a ellos, hacía que el mundo a su lado fuera perfecto. Él le comentó suspirando que la extrañaba mucho cada vez que no estaban juntos y que se retorcía de pena, no de cólera, de la sola idea de perderla en algún momento o por alguien. Ella le decía que estaba tranquila porque sabía que lo querría como ella sabia hacerlo, porque el tiempo los había llevado a eso, a esa química perfecta, decía que eran como las matemáticas (precisos el uno al otro) y como la física porque todo tenía un porque cuando estaban juntos. Él miró al cielo y recordó que todas las noches y sobre todo en las de luna llena, había soñado que estaban juntos y recordaba lo perfecto que se hacia cualquier lugar y lo miserable que era el tiempo. Ella le pasó el brazo por el hombro y recostó su cabeza en él. Él la miró y sintió como esta noche la había conmovido, él también lo estaba por todo lo evocado y juntó su cabeza a la de ella. Ella recordó en ese instante cuando había sido la última vez que él la había besado, recordó que entonces estaban sentados de la misma manera en otro lugar que tampoco olvidará, porque estaba con él, cuando aún era el hombre de su vida, y recordó que él la besó desde la frente al mentón para por fin tomar por asalto sus labios. Él la sintió desvanecerse en su hombro, como derrotada por los recuerdos. Él también la extrañó, pensó en lo perfecto que seria volver en tiempo y la distancia, curiosamente recordó el sabor en sus labios, la última vez que la besó, “hasta podría cantar la canción” se dijo y se le escapo un suspiro. Ella, frágil, recostada sobre él sintió el suspiro y se volvió a mirarlo. Él la sintió y sutilmente recordó que el primer beso no se da con los labios, que era en si con los ojos.
Sonó en la guitarra more than words, sólo en la guitarra, porque el guitarrero extasiado le cantaba mil canciones diferentes a su amada, y todas las confundía, pero esta era clara en la guitarra, nada más en ella. Ambos la reconocieron pero no les importó.


Él tenía la mirada fija a los ojos de ella y poco a poco como quien busca descubrir los misterios debajo y detrás de ellos fue bajando el perfil hacia sus labios hasta que con la nariz tocó la de ella y ella no retrocedió nunca. Era el aviso de que tenía que suceder. Suavemente intento una primera caricia con sus labios y ella también lo hizo, los tomo suyos y los estrujó, él sintió la humedad tenue de sus labios e hizo lo propio. Las bebidas habían hecho una gran labor, ambos disfrutaban del sabor de la noche y quizás la canción. El alcanzo a despertar de lo que estaba soñando en un momento y sintió todo el derroche de pasión entre ambos, eso lo sorprendió y se detuvo un momento-¿o ella lo hizo? ninguno lo sabe-. El beso fue la fusión de dos epidermis y la notoria divergencia de dos fantasías. Así fue.
Él dijo “¿a donde te fuiste? He notado cierta pasión”, ella abriendo los ojos lo miró y con una sonrisa tenue y algo avergonzada respondió: “¿has sentido lo mismo que yo?”. Él por no asentir, tenuemente sonrió, agudizo y entrecerró sus ojos hacia ella, como tratando de entenderla-ya sabia a lo que ella se refería-. “Has pensado tanto en ella como yo en él” dijo ella volviendo la mirada hacia el grupo tratando de descubrir si alguien los había visto y una vez más y con toda la seguridad y con voz muy bajita volvió “entre la noche y esta pasión que hemos desbordado, los hemos recordado. Tu y yo no estamos acorazados para este juego”. Él asintió otra vez y con más seguridad, sonriendo porque por fin sea como fuere, alguien entendió que se estaba muriendo de amor a mudas y respondió: “Que mejor forma de aceptar cuanto la quiero que en tus labios, no la he podido recordar mejor y que pena que esas pasiones sean ajenas y en algún modo ahora esquivas”. Ella volvió a hablar de aquel hombre mirando al vacio, él había empezado siendo el amor de su vida, luego de dos años era simplemente su enamorado y que ahora meses después nada más estaban peleados entre eso la nostalgia denotó algo de tristeza. Él solo pudo recordar que su amor era parecido, un amor fugaz que pudo ser y que no fue, porque la vida se lo presentó en un momento en el que todo estaba al revés, un amor que dura toda una noche y que en la mañana deja de ser, porque es imposible como imposible es no morir..."y que al final es como si fuéramos dos extraños que se dejan detrás y se vuelven a ver y dejan de ser extraños y si dicen no quererse ninguno sabe si miente, vuelven a actuar, terminan mintiéndose, se despiden y vuelven a ser extraños otra vez". Ella dijo mientras volvían hacía el grupo “es muy bonita esa canción de Alejandro Sanz”. Rieron. La canción que sonaba era atractiva para cantarla y cambiarle la letra al gusto y por placer. Cantaron, se miraron, sonrieron, se rieron, se abrazaron y la noche se iba terminando.


Ya de regreso hablaron de cómo el guitarrero construyó la noche destruyendo canciones. Se rieron. No se miraron. Callaron. Se despidieron. Y colorín colorado, el beso a demostrado que no es lo suficientemente importante para destruir algo que el tiempo mismo a formado, como las constelaciones de esa noche o las historias que en ellas se han escrito en mucho más tiempo que una noche o un beso.

10.06.2010

La Isla Se Hunde

Hubo una vez una isla donde habitaban todas las emociones y todos los sentimientos humanos que existen. Convivían, por supuesto, el Temor, la Sabiduría, el Amor, la Angustia, la Envidia, el Odio ... Todos estaban allí. A pesar de los roces naturales de la convivencia, la vida era sumamente tranquila e incluso previsible. A veces la Rutina hacía que el Aburrimiento se quedara dormido, o el Impulso armaba algún escándalo, pero muchas veces la Constancia y la Conveniencia lograban aquietar el Descontento.
Un día, inesperadamente para todos los habitantes de la isla, el Conocimiento convocó una reunión. Cuando la Distracción se dio por enterada y la Pereza llegó al lugar de encuentro, todos estuvieron presentes.
Entonces, el Conocimiento dijo:
-Tengo una mala noticia que darles: la isla se hunde. Todas las emociones que vivían en la isla dijeron: -¡No, cómo puede ser! ¡Si nosotros vivimos aquí desde siempre!
El Conocimiento repitió:
-La isla se hunde.
-¡Pero no puede ser! ¡Quizá estás equivocado!
-El Conocimiento casi nunca se equivoca -dijo la Conciencia dándose cuenta de la verdad-. Si él dice que se hunde, debe ser porque se hunde.
-¿Pero qué vamos a hacer ahora? -se preguntaron los demás.
Entonces, el Conocimiento contestó:
-Por supuesto, cada uno puede hacer lo que quiera, pero yo les sugiero que busquen la manera de dejar la isla ... Construyan un barco, un bote, una balsa o algo que les permita irse, porque el que permanezca en la isla desaparecerá con ella.
-¿No podrías ayudarnos? -preguntaron todos, porque confiaban en su capacidad.
-No -dijo el Conocimiento-, la Previsión y yo hemos construido un avión y en cuanto termine de decirles esto volaremos hasta la isla más cercana.
Las emociones dijeron:
-¡No! ¡Pero no! ¿Qué será de nosotros?
Dicho esto, el Conocimiento se subió al avión con su socia y, llevando de polizón al Miedo, que como no es zonzo ya se había escondido en el motor, dejaron la isla.
Todas las emociones, en efecto, se dedicaron a construir un bote, un barco, un velero ... Todas... salvo el Amor.
Porque el Amor estaba tan relacionado con cada cosa de la isla que dijo:
-Dejar esta isla ... después de todo lo que viví aquí ... ¿Cómo podría yo dejar este arbolito, por ejemplo? Ahh ... compartimos tantas cosas ...
Y mientras las emociones se dedicaban a fabricar el medio para irse, el Amor se subió a cada árbol, olió cada rosa, se fue hasta la playa y se revolcó en la arena como solía hacerlo en otros tiempos. Tocó cada piedra ... y acarició cada rama ...
Al llegar a la playa, exactamente desde donde el sol salía, su lugar favorito, quiso pensar con esa ingenuidad que tiene el amor:
«Quizá la isla se hunda por un ratito ... y después resurja ... ¿por qué no?»
Y se quedó durante días y días midiendo la altura de la marea para revisar si el proceso de hundimiento no era reversible ...
La isla se hundía cada vez más ...
Sin embargo, el Amor no podía pensar en construir, porque estaba tan dolorido que sólo era capaz de llorar y gemir por lo que perdería.
Se le ocurrió entonces que la isla era muy grande, y que aun cuando se hundiera un poco, siempre él podría refugiarse en la zona más alta ... Cualquier cosa era mejor que tener que irse. Una pequeña renuncia nunca había sido un problema para él.
Así que, una vez más, tocó las piedritas de la orilla ... y se arrastró por la arena ... y otra vez se mojó los pies en la pequeña playa que otrora fue enorme ...
Luego, sin darse cuenta demasiado de su renuncia, caminó hacia la parte norte de la isla, que si bien no era la que más le gustaba, era la más elevada.
Y la isla se hundía cada día un poco más ...
Y el Amor se refugiaba cada día en un espacio más pequeño ...
-Después de tantas cosas que pasamos juntos ... -le reprochó a la isla.
Hasta que, finalmente, sólo quedó una minúscula porción de suelo firme; el resto había sido tapado completamente por el agua.
Justo en ese momento el Amor se dio cuenta de que la isla se estaba hundiendo de verdad. Comprendió que, si no dejaba la isla, el amor desaparecería para siempre de la faz de la Tierra...
Caminando entre senderos anegados y saltando enormes charcos de agua, el Amor se dirigió a la bahía.
Ya no había posibilidades de construirse una salida como la de todos; había perdido demasiado tiempo en negar lo que perdía y en llorar lo que desaparecía poco a poco ante sus ojos.
Desde allí podría ver pasar a sus compañeros en las embarcaciones. Tenía la esperanza de explicar su situación y de que alguno de sus compañeros le comprendiera y le llevara.
Observando el mar, vio venir el barco de la Riqueza y le hizo señas. La Riqueza se acercó un poquito a la bahía.
-Riqueza, tú que tienes un barco tan grande, ¿no me llevarías hasta la isla vecina? Yo sufrí tanto la desaparición de esta isla que no pude fabricarme un bote ...
Y la Riqueza le contestó:
-Estoy tan cargada de dinero, de joyas y de piedras preciosas, que no tengo lugar para ti, lo siento ... -y siguió su camino sin mirar atrás.
El Amor siguió observando, y vio venir a la Vanidad en un barco hermoso, lleno de adornos, caireles, mármoles y florecitas de todos los colores. Llamaba muchísimo la atención.
El Amor se estiró un poco y gritó:
-¡Vanidad ... Vanidad ... llévame contigo!
La Vanidad miró al Amor y le dijo:
-Me encantaría llevarte, pero ... ¡tienes un aspecto! ... ¡estás tan desagradable ... tan sucio y tan desaliñado! ... Perdón, pero creo que afearías mi barco -y se fue.
Y así, el Amor pidió ayuda a cada una de las emociones. A la Constancia, a la Sensualidad, a los Celos, a la Indignación y hasta al Odio. Y cuando pensó que ya nadie más pasaría, vio acercarse un barco muy pequeño, el último, el de la Tristeza.
-Tristeza, hermana -le dijo-, tú que me conoces tanto, tú no me abandonarás aquí, eres tan sensible como yo ... ¿Me llevarás contigo?
Y la Tristeza le contestó:
- Yo te llevaría, te lo aseguro, pero estoy taaaaan triste ... que prefiero estar sola -y sin decir más, se alejó.
Y el Amor, pobrecito, se dio cuenta de que por haberse quedado ligado a esas cosas que tanto amaba, él y la isla iban a hundirse en el mar hasta desaparecer.
Entonces se sentó en el último pedacito que quedaba de su isla a esperar el final...
De pronto, el Amor escuchó que alguien chistaba:
-Chst-chst-chst ...
Era un desconocido viejito que le hacía señas desde un bote de remos.
El Amor se sorprendió:
-¿A mí? -preguntó, llevándose una mano al pecho.
-Sí, sí -dijo el viejito-, a ti. Ven conmigo, súbete a mi bote y rema conmigo, yo te salvo.
El Amor le miró y quiso darle explicaciones:
-Lo que pasó fue que yo me quedé ...
-Entiendo -dijo el viejito sin dejarle terminar la frase-, sube.
El Amor subió al bote y juntos empezaron a remar para alejarse de la isla. No pasó mucho tiempo antes de ver cómo el último centímetro que quedaba a flote terminó de hundirse y la isla desaparecía para siempre.
-Nunca volverá a existir una isla como esta -murmuró el Amor, quizá esperando que el viejito le contradijera y le diera alguna esperanza.
-No -dijo el viejo-, como ésta, nunca.
Cuando llegaron a la isla vecina, el Amor comprendió que seguía vivo.
Se dio cuenta de que iba a seguir existiendo.
Giró sobre sus pies para agradecerle al viejito, pero éste, sin decir una palabra, se había marchado tan misteriosamente como había aparecido.
Entonces, el Amor, muy intrigado, fue en busca de la Sabiduría para preguntarle:
-¿Cómo puede ser? Yo no lo conozco y él me salvó ... Nadie comprendía que me hubiera quedado sin embarcación, pero él me ayudó, él me salvó y yo ni siquiera sé quién es ...
La Sabiduría lo miró a los ojos un buen rato y dijo:
-Él es el único capaz de conseguir que el amor sobreviva cuando el dolor de una pérdida le hace creer que es imposible seguir adelante. El único capaz de darle una nueva oportunidad al amor cuando parece extinguirse. El que te salvó, Amor, es el Tiempo.

9.14.2010

tan simple, tan fácil de hacerlo grande
- hello!
º hello!
- you need help
º who doesn't
- its this your heart
º yeah
- is big
º no, it's small now
- small?
º its was bigger before
- skarry!
º yeah, but it's my problem
- do you want get some cup of cafe?
º yeah
- yeah
º now?
- yeah, now!
º ok!
- ok!
- =)
º =)


8.30.2010

3108 Feliz día bloggers!!!

Todo lo que quería decir se dice mejor en este video vergonzante.


Es una vieja tradición, que se remonta al remoto año de 2005, esa época cavernaria, cuando el mundo aún no conocía YouTube ni Twitter ni nada parecido pero, al menos, ya había descubierto el fuego o, mejor dicho, el blog. En ese lejano entonces ya existía una comunidad más o menos activa de blogueros en el mundo, incluido el Perú, que, buscando una forma de sedimentar a sus entonces frágiles redes, crearon el Blog Day.

Mucho ha cambiado desde entonces. Los blogs se volvieron mainstream, hicieron que el mundo (o sea, los medios) volteara la vista hacia lo que la gente común y corriente publica, algunos blogueros se convirtieron en referentes, los menos empezaron a vivir del blog... y luego fueron desplazados por las redes sociales.

Esto último es una verdad a medias. Los blogs siguen allí, cada vez hay más, pero la atención mediática se centra principalmente en lo que pasa en Twitter y Facebook (de hecho, salvo Susana Villarán -que incluso participó en el Blog Day del 2007- ningún otro candidato en estas elecciones tiene blog). Las cifras los avalan. Cálculos informales aseguran que existen unos 40 mil bloggers peruanos, un número que -si bien es mayor al promedio de la región- palidece ante los 3 millones de peruanos que están en Facebook.

Por supuesto, mantener un blog implica un esfuerzo mucho mayor al de alimentar de vez en cuando tu cuenta de Facebook y por eso la notoria desproporción en las cifras. Otro de los problemas es que cada vez resulta más difícil crear una comunidad alrededor de un blog. Ahora, las comunidades suelen recalar en Facebook (o Twitter, incluso), lo que disminuye el feedback de los lectores en el blog mismo. En resumen: en el 2010 ser blogger es tan o más complicado que en el 2005.

Por eso que el Blog Day (celebrado el 31 de agosto por la similitud de "3108" con la palabra "Blog") vuelve a tener sentido.

Serie "habia una vez..." José Campanari

Y la maceta tenía una planta.
La mujer regaba la planta todos los días.
Pero la planta no crecía.
La mujer ponía la planta al sol.
Pero la planta no crecía.
La mujer le ponía fertilizante a la planta.
Pero la planta no crecía.
Después de dos años de cuidar la planta y ver que no crecía, la mujer tiró la maceta desde la terraza.
La maceta no se rompió, porque era de plástico.
La planta también.


Había una vez una mujer que compraba todo en el supermercado los jueves a la tarde.
Un jueves a la mañana se dio cuenta que no tenía nada para el almuerzo.
Después de pensar un rato, decidió ir al almacén de Don Quique, a comprar algo para el almuerzo.
Compró una lata de tomates, un paquete de fideos, un pan lactal y una bolsita de queso rallado.
- Compré cuatro cosas locas y gasté un montón de plata – dijo la mujer al salir del almacén – y gasté un montón de plata.
Cuando la mujer llegó a su casa y abrió la bolsa, la lata de tomates se creía una lata de pintura roja; los fideos de creían que eran palitos chinos; las rodajas de pan se pensaban que eran cjas de compact disc y el queso rallado estaba seguro de que era Napoleón.
Tenía razón la mujer: había comprado cuatro cosas locas.


Había una vez una mujer que no sabía qué hacer para que su hijo dejara de usar el chupete.
Lo primero que hizo fue mojarlo en un líquido asqueroso (al chupete, no al hijo).
Pero él (el hijo, no el chupete), después de hacer cara de asco, lo siguió usando.
Lo segundo que hizo (la mujer, se entiende) fue esconderlo (al chupete, no al hijo).
Pero él (el hijo, no el chupete),lo encontró y lo siguió usando.
Lo tercero que hizo la mujer, fue tirar el chupete por la ventana. Pero un señor que pasaba por la calle, se lo devolvió y su hijo (el de la mujer, no el del señor), lo siguió usando.
Ese día la mujer decidió dejar que su hijo fumara.
Después de todo, él (el hijo, se entiende) ya tenía treinta y dos años.


Había una vez un hombre que tenía cinco pelos rebeldes.
Cuando se peinaba para atrás, los cinco pelos se venían para adelante.
Cuando se peinaba para el costado, los cinco pelos se iban para atrás.
Cuando se peinaba para adelante, se iban para el costado.
El hombre se peinaba al agua, a la gomina o al viento. Pero los cinco pelos rebeldes siempre hacián lo que querían.
Un día el hombre se cortó los cinco pelos rebeldes y se acabó el problema.
No se tiene que peinar más.
Ahora es calvo.


Había una vez dos hombres en una biblioteca. Uno quería leer un libro, el otro pensaba.
El que quería leer un libro, se puso las lentes de contacto.
Pero no pudo leer.
El otro pensaba.
El que quería leer un libro, se puso los anteojos de ver de cerca.
Pero no pudo leer.
El otro pensaba.
El que quería leer un libro, se puso los anteojos de ver de lejos.
Pero no pudo leer.
El otro pensaba.
Por fin, el que quería leer (un libro, se entiende) se puso los anteojos de ver de cerca sobre las lentes de contacto y los de ver de lejos sobre los de ver de cerca.
Pero no pudo leer.
-¿Por qué no tomará un libro, si lo que quiere es leer?- el otro pensaba.


8.06.2010

Hasta el horizonte



Todo estaba en silencio, la luna y las estrellas estaban en su lugar, la noche estaba un tanto fría pero nada importaba, el gato y la vampira estaban juntos, él la miraba siempre en silencio, como fue la primera vez, el aire y el tiempo habían dejado de sonar en su interior, ella observaba el horizonte en aquella peña en la que él se detenía a observar el cielo y las estrellas. Estaba sola y el no había hecho más que acercarse a su lado y quedarse ahí, a esperar el mejor momento, ella observaba el horizonte como esperando algo, quizás trazando un camino. Él la miraba, este silencio no era frió era mágico, el momento perfecto para hacerlo eterno. El silencio decía que las locas carreras habían alcanzado armonía de repente un nuevo rumbo.
Había pasado mucho tiempo desde la última desaparición de la vampira, por esto era muy común ver al gato tranquilo y sonriente observando al infinito, sentado regalando una silueta nostálgica, esperanzadora ha contra luz de la luna y en oscuridad absoluta acompañado de las estrellas cuando la luna era ausente o estaba incompleta. Nunca había dejado de esperarla. Quienes ahí lo observaban murmuraban sobre lo extraño que era ver tan apacible al gato cuando todos recordaban la sonrisa sin par que se le recordaba en las noches de luna llena cuando iba corriendo detrás de una sombra, de una silueta o lo que fuera que solo él veía, que sólo él había descubierto y que los demás comentaban y criticaban, por su fugacidad, y que otros más envidiaban, ingenuo, estúpido loco, le decían al verlo correr tan feliz y algunos más habían llegado a sentir pena cuando terminaba la noche al verlo sentado debajo de la luna que se perdía en el cielo entre los rayos del sol, como se iban perdiendo también su desenfreno, su sonrisa, el brillo de sus ojos que en vez de iluminarse al sol, se opacaban , lo cegaban de algo que otros no veían y se quedaba sentado donde hubiera terminado la noche, esperando una vez más a la luna, aquella que en la oscuridad iluminaba su felicidad, su locura, la que a los ojos de los demás lo hacia tonto, ingenuo, estúpido, loco, pero que a los suyos era la felicidad plena, el alma de una sonrisa inexplicable en un gato que iba felizmente corriendo detrás de algo o alguien que irradiaba felicidad pero que nadie más podía ver, sentir, mucho menos entender.



El gato sabía que algo debía hacer pero el silencio continuaba. Era como en las primeras veces de todas las historias, tenía toda la noche planeada desde que decidió que no perdería a la vampira en la próxima luna y lo había logrado, pero todo lo perfectamente planeado no alcanzaba a la perfección de la felicidad de estar por fin a lado de la vampira. Estaba a su lado, estaba en silencio desde que la encontró sentada en aquella peña observando la luna, había llegado antes que él, quizás lo estaba esperando, él solo tenía que preguntar para saberlo, habían tantas cosas por saber, muchas cosas soñadas por hacer, estrellas por contar a su lado, escribir en ellas las historias de gatos y vampiros corriendo hasta la eternidad. Calmo y sin poder pensar, tratando de no olvidar desde ese momento todo lo increíble que estaba viviendo, el gato se preparaba a romper el silencio. Se escuchó de repente rompiendo el silencio y el miedo, con voz aliviada quizás algo cansada…“Detuve el tiempo en mi para esperar a este momento, conté las estrellas en las noches sin luna, dibuje nuestra silueta en constelaciones que serán nuestras, donde tu y yo éramos felices como en mis recuerdos, observándote en silencio y tu dejándote observar, como ahora”. Ella volvió la mirada, sería la primera vez en esta noche, ahora sí el gato tendría la certeza del recuerdo fugaz de la primera vez, pupila a pupila, como un eclipse, una alineación perfecta de cuatro astros, todos alineados coincidentemente en un universo que no entendía de casualidades, un hecho que enrumbaba sin saberlo el destino de estos dos seres. Él la vio, como la había soñado, hasta más preciosa, ella volvió a verlo, porque sí, sí lo había visto la primera vez y también se vio atrapada en esa sonrisa, en aquella desconexión del mundo que hacía que el gato anduviese feliz y lo quiso también para ella y él no dudó en seguirla para la felicidad de ambos, aquella primera vez. Viéndolo a los ojos, descubrió que también los tenía hermosos, no era la belleza de los ojos de los gatos, era la felicidad que adornaba estos, veía sus ojos reflejados en ellos, eran perfectos juntos. “Tu mirada me dice lo mismo que la primera vez, en el último segundo, tan linda, como la primera luz del amanecer que nos separó, que fue lo más cerca y lejos que estuvimos, cuando al volver la mirada hacia ese último instante, te encontré tan feliz, la felicidad que nunca olvidé y por la que en las noches de luna llena volví y te encontré tan tímido y silencioso, enamorado y receloso siempre, fui hacia ti porque dentro de mi sentía, como se siente la vida, que como yo, tu también irías corriendo detrás de lo nuestro, hasta alcanzar el horizonte y nunca olvidaré que así fue. Tu mirada me dice lo mismo hoy, como si en el tiempo me hubieras capturado hasta este momento”. El gato apoyo su cabeza en el brazo de ella y ella lo acogió dentro y lo abrazó, no había más que decir, ambos miraban al horizonte como tratando de descubrir hasta donde podrían llegar juntos.
La sonrisa del gato había perdido la nostalgia, era plena ahora, sus ojos reflejaban a la vampira y la luna en medio de una felicidad sin par, le encantaba el aroma de los cabellos borgoña de la vampira que con el viento rozaban su rostro. Hacía frío y ambos estaban tan pegados el uno al otro que se confundían y parecían uno, secuestrados del tiempo. Faltaba poco para el amanecer y ambos decidieron dar un paseo por el universo donde solo ellos entendían que pasaba. Caminaron y hablaron de las lunas juntos y los amaneceres implacables que los separarían, incluso pensaron en irse corriendo detrás de la noche, evitando para siempre al sol, pero era pronto o muy tarde para empezar, se alejarían muy poco y este tarde o temprano los separaría otra vez, quedaban pocos minutos antes del amanecer y un mundo por recorrer.



Caminaban hasta el fin de la noche entre ligeros episodios de silencio que hacían más cómoda la brisa, hasta que en uno de estos, en el bosque con la luna brillante se oyó una voz misteriosa y desgastada, venía de los ramales de uno de los árboles…”
su felicidad no es la de un loco, su novia es preciosa y radiante la felicidad que emanan a su paso”…era el búho, dueño de la noche en el bosque. El gato se quedó sorprendido porque por vez primera alguien veía como él lo que estaba ocurriendo y la vampira lo observaba con una ligera sonrisa. “Que sus ojos nocturnos reflejen para siempre la felicidad que las noches de luna llena le han dado a mi vida” dijo el gato. Aún más sorprendida la vampira, vio al gato como si este estuviese dispuesto a desafiar al mundo y dejarlo atrás por ella. Lo miró a los ojos, le hizo un guiño muy feliz y coqueto y echóse a correr sin mirar atrás confiando y sabiendo que él iría con ella con rumbo a la noche, la noche eterna de la felicidad sin par. Él se quedo parado observando a la vampira alejarse del amanecer, mostrándole el camino por el cual optar, sintiendo que una vez más el amanecer los podía separar. Nunca volvió la mirada, siempre la tuvo de frente hacia donde iba ella y sonriente como siempre emprendió la carrera hacia el horizonte. El gato y la vampira se fueron pediendo en el ocaso mientras a sus espaldas el alba tan hermosa amenazaba.
¡Nunca he dejarte correr sola, mientras en las estrellas pueda escribir nuestra historia!
Todos continuaron hablando, algunos pocos decían que el gato y la vampira fueron felices pero otro más decían que más tarde el amanecer los alcanzó y fue tan grande la desilusión que el gato decidió volver pero nunca encontró el camino de regreso a casa y continuó esperando donde lo cogiese el amanecer a las mágicas noches de luna llena y que la vampira en las noches de luna llena nunca más volvió a aparecer. Desde aquella vez se dice que siempre se verá a un gato esperando, observando o sollozando en noches de luna.

8.03.2010

HIPOTERMIA PLUMAR


Poco pide un pingüino para poder pasarla perfectamente, apenas pide un poco de paz, y paz era precisamente lo que pedía Paco pingüino, pero se le contraponían un par de protuberantes problemas. Primero, pájaro bobo es el apelativo que los científicos le han puesto a los pingüinos y para un pingüino susceptible no cabe duda que de pájaro bobo a pajarraco pendejo no hay sino un paso, por otra parte paco pingüino padecía hipotermia plumar (¿¡¿cuac?!?) dicho en buen cristiano el tipo era friolento, y si pensamos en un pingüino que pasa su vida en el polo y que es friolento, pues claro, los demás pingüinos de la pingüinada lo apartaban, lo pateaban, lo pisoteaban. “¡Plumífero estúpido, tarugo, pelmazo, pánfilo le decían y ni mencionar las palabras procáces que proferían los pingüinos pandilleros. Por todo esto Paco pingüino estaba deprimido, andaba de psicólogo en psiquiatra y psicoanalista pero ninguno ayudaba con el problema de frío y soledad que Paco pingüino aquejaba. Y la historia tendría un final patético si no fuera porque un día pasaba por en frente a “La Panacea. Perfumería y droguería” y aprovechó para entrar a pedir unas pastillas para la gripe, pastillas para el pecho que le molestaba permanentemente, pero estaba realizando su pedido cuando presintió una presencia por la parte posterior y volteo a mirar, era ¡ella! Sí era ella, era Patty pingüina, otra pingüina apartada, curiosamente también por hipotérmica, pero Paco pingüino la encontró preciosa, tan preciosa que quedó ahí petrificado, plantado, pasmadote pero no congelado, nunca más. Por fortuna Paco pingüino poseía el poder de la palabra, por lo que pupila a pupila le dijo a Patty pingüina:“primorosa aparición de plumas plateadas, ¿podrías pisarme la patita, please?” particular petición podría parecer esta de pisarse las patitas, pero para los pingüinos este gesto de pisarse las patitas equivale al sueño de enamorado de darse un besito, a plantarse un pico y Patty pingüina al ver a tan apuesto pájaro con tal proposición no dudo un instante, no lo pensó dos veces y pisole la patita a Paco pingüino y desde ese instante juntos este par sintieron que por dentro la temperatura oscilaba sin control, patinaba, supieron sin necesidad de palabras, de manera tácita que ya no padecían hipotermia, al contrario sentían unas ganas inmensas, inconmensurables, imparables, inpajaritables de tomarse la punta de las plumas de las aletas y nadar así juntitos por las corrientes más frías del océano polar, desde entonces no volvieron a usar pastillas, ya no padecían hipotermia y desde entonces y más importante aún nadie los volvió a tratar mal, porque a un par de pájaros apasionados, enamorados, nadie nunca jamás podrá decirles con justicia, pájaros bobos.

5.25.2010

Si era un gato, ya lo sé


El gato esta sentado pensando en un nuevo anochecer. Se fue breve y preciosa, piensa en la noche y la vampira. ¡Cuanto la he disfrutado! Sonríe. ¿Que pasará cuando por fin la alcance? Pregunta el gato cuando la última estrella se ha esfumado. El silencio responde que la noche ha terminado. Ni el sol ni la lucidez son buenos en esta historia se dijo cuando notó que lo miraban como acusándolo de hacer algo malo, no estaba bien arriesgar tanto por algo tan fugaz oyó en el viento, pero él sabia que esto era, es y será interminable, un cuento de una noche que se hace novela a la espera de un desenlace y que según se había dado cuenta en cada noche, secuelas y hasta nuevos enemigos traía a la vista, no más grandes que la distancia y la imposibilidad del sol, pero no menos hirientes tampoco. En silencio, cuidadoso, no menos gracioso y mucho más sonriente el gato continuaba cada noche su viaje siempre en contra al sol y la lucidez, tendría que decirlo no era completamente feliz, porque muchas de las noches se quedaría a solas contemplando al horizonte, a veces en compañía de la luna, esperando a la vampira que varias noches atrás no había vuelto a sentir, porque verla ya era poco para lo que él esperaba.
El gato esta sentado, la luna es nueva y se extraña a la antigua, la llena, la que lo acompañaba cuando feliz y sonriente iba tras la vampira, deseoso de que no amanezca jamás en esa historia de la noche interminable y preciosa, y más preciosa mientras más interminable.
Los días han pasado, el cielo esta despejado, la luna brillaba y la vampira se hacia sentir por el recuerdo de su aroma y el borgoña que brillaba en su cabello flotando en el aire que todavía sentía resplandecer en sus ojos el gato mientras observaba en el horizonte con sonrisa y nostalgia mezcladas, albas y ocasos, sin diferenciarlos en los días de ausencia de la vampira, todos confundidos e ignorados en el tiempo también. Pensaba que en cuanto la luna y su belleza le devuelvan con brillo de luna llena, a la vampira y su encanto hipnótico, él haría todo lo posible por alcanzarla, siempre en silencio, tratando de no hacer el más mínimo ruido, llegar a su lado, correr al compás, por fin, a su lado y tratar de descubrir en su mirada porque corre, tratar de descubrir en sus ojos si aquella primera vez volvió la mirada en el ultimo grano de arena y le sonrió, si es así sonreirá , pensó, ella pensará ¡nunca me dejó ir! y el mucho más sonriente aún seguirá corriendo a su lado hasta el próximo amanecer donde la esperara otra vez, pero antes le contará que en las noches sin luna le ha soñado y en las que con luna no ha estado a su lado se las ha pasado dibujando en miles de constelaciones, la historia que no sé quien podría entender, talvez nadie, pero eso no la hace menos creíble aún más la hace, increíble.
¡Nunca he dejarte correr sola, mientras en las estrellas pueda escribir nuestra historia! Le dirá cuando otra vez el sol y la lucidez los separe.

3.18.2010

La Versión Del Gato


Si era un gato no lo sé, solo sé que tenía la extraña convicción de que se me terminaba la noche y yo no podía dejar de ir de tras de una vampira que iba corriendo muy segura de su rumbo pasos por delante mío, creo que por cada diez pasos miraba una vez al cielo, y por cada diez más temía mucho más que amaneciera y no pudiera alcanzarla. Esta vampira iba siempre pasos delante de mí y lo curioso era que tenía miedo de hacer cualquier ruido por llamar su atención, por interrumpir su sostenido y atrayente rumbo, sea de repente que esperaba a que ella volviera la mirada y notara que había alguien ahí detrás, hubiera sido quizás el momento en el que ambos nos hubiéramos dado cuenta de lo gracioso que me veía yo como un gato y de cómo estos dos seres inexplicables se encuentran en una historia sin razón pero con mucho de apasionante. Pienso que si ella hubiera dado la vuelta o yo, sin saber que era un gato, hubiera hecho, por más mínimo que fuera, el intento de llamar su atención, esa noche hubiera sido la mejor y más larga de la historia de gatos y vampiros que todo el mundo pueda o vaya a conocer. Pensando muy feliz en ello iba corriendo detrás de ella, despejando cualquier miedo, que como gato son normales pensaba, pero no me explicaba aquella fuerza surreal que me hacia correr y solo sonreía. Pero cuando noté en el horizonte que amanecía, la noche interminable y preciosa, y más preciosa mientras más interminable, se fue haciendo simplemente triste a la luz del sol que románticamente renacía mientras en arena desaparecía corriendo aquella vampira que no podía alcanzar. Cuando se terminó de esfumar en arena corriendo la vampira que no pude alcanzar y mientras el viento se llevaba en millones de granos de arena los recuerdos de la mejor noche de mi vida, me quedé sentado en el último lugar, el lugar donde posiblemente ella se detuvo en el último grano de arena y volvió la mirada, y en su último grano se dio cuenta del gracioso gato que iba tras ella, sonrió y desapareció. Yo me quedé sentado mirando el horizonte esperando a que en algún momento anocheciera y así pudiéramos volver a nuestra carrera de la que felizmente algún día volveré vencedor con nuevas y mejores noticias siempre mirando con mucha fe al horizonte, esperando a que anochezca y así volver a soñar en cosas tan extrañas y apasionantes.