".... Cierto día un conejo fue de paseo por la gran sabana, saltando entre los campos, disfrutando del aire de la mañana, de pronto se levantó el Sol y llegó el calor. El conejo buscó como loco la sombra de un árbol para descansar, delante de él vio un baobab.
EL conejo se acercó ante el gran árbol y le dijo: -Por favor, préstame tu sombra. Éste con gusto, le prestó su sombra. ¡Gracias baobab! dijo el conejo, tu sombra es muy refrescante. Pero el conejo, que era muy travieso, se rió y le dijo: Si, tu sombra está muy bien, pero ¿y la música de tu follaje?, estoy seguro de que debe ser una cacofonía horrible. -Cómo se puede atrever este pequeño ser a dudar de lo linda que es la música de mi follaje. ¡¡¡¡ Le demostraré lo contrario!!! El baobab empezó a hacer temblar sus hojas y, de pronto, se empezó a escuchar la música más linda del mundo.
Y el conejo dijo: ¡Gracias baobab!, tu música es espectacular, pero ¿y esa fruta? estoy seguro de que esa fruta debe ser una bolsa de agua tibia nada más. -Cómo se puede atrever - dijo el baobab-este pequeño ser a dudar de lo rica que es mi fruta. ¡Le demostraré lo contrario!. Entonces dejó caer su fruta y el conejo empezó a saborearla.
-Tu fruta es deliciosa, baobab, muchísimas gracias. Pero ¿y tu corazón? Seguro que tu corazón tiene que ser duro como una piedra. En ese momento el baobab quiso enseñar su corazón al conejo para demostrarle que no era de piedra, pero le entró miedo de enseñar su corazón a alguien que no conocía. El baobab no se atrevía, de pronto, la curiosidad fue más fuerte y empezó a abrir su corazón. En el corazón del baobab se descubrieron miles de tesoros: piedras preciosas, oro, joyas, plata, telas finas.
¡¡¡Gracias baobab!!!! dijo el conejo. Tú eres el ser más generoso que jamás he conocido, y entró despacio en el corazón del baobab, y tomando el tesoro que había allí, regresó a casa. Le dio todo a su mujer, quien ni corta ni perezosa salió a presumir con sus amigas lo que le había regalado su marido. Pero había una amiga que no se alegró de ver a la coneja con todas esas joyas: era la hiena envidiosa. Ésta fue con su marido y le contó todo lo sucedido.
El marido hiena, viendo a su mujer muerta de envidia, fue a ver al conejo para preguntarle cómo había conseguido lo que tenía su mujer, para él dárselo a la suya. El conejo, inocentemente, le contó todo: lo de la sombra, lo del follaje, lo de la fruta y el corazón. Fue así, como el marido hiena fue a ver al baobab, éste, acordándose de lo bien que se había sentido con el conejo, hizo lo mismo: prestó su sombra, movió sus hojas, entregó su fruta y abrió su corazón, donde había miles de tesoros.
El marido hiena, viendo tanta riqueza, quiso llevarse todo. Empezó a arañar el corazón del baobab. Éste no entendía nada, dolido y herido cerró su corazón. La hiena se quedó fuera sin poder tomar el tesoro. Desde entonces, la hiena busca en las entrañas de los animales muertos aquello que no pudo conseguir en el corazón del baobab.
Cuentan que el baobab nunca volvió a abrir su corazón a nadie, porque tiene una gran herida y teme que el vuelvan a hacer daño.
El corazón del ser humano es muy parecido al corazón del baobab, encierra miles y miles de tesoros pero ¿pero porqué es tan poco lo que se abre? ¿De qué hiena se acuerda?
