8.03.2011

El Corazón del Baobab


".... Cierto día un conejo fue de paseo por la gran sabana, saltando entre los campos, disfrutando del aire de la mañana, de pronto se levantó el Sol y llegó el calor. El conejo buscó como loco la sombra de un árbol para descansar, delante de él vio un baobab.
EL conejo se acercó ante el gran árbol y le dijo: -Por favor, préstame tu sombra. Éste con gusto, le prestó su sombra. ¡Gracias baobab! dijo el conejo, tu sombra es muy refrescante. Pero el conejo, que era muy travieso, se rió y le dijo: Si, tu sombra está muy bien, pero ¿y la música de tu follaje?, estoy seguro de que debe ser una cacofonía horrible. -Cómo se puede atrever este pequeño ser a dudar de lo linda que es la música de mi follaje. ¡¡¡¡ Le demostraré lo contrario!!! El baobab empezó a hacer temblar sus hojas y, de pronto, se empezó a escuchar la música más linda del mundo.
Y el conejo dijo: ¡Gracias baobab!, tu música es espectacular, pero ¿y esa fruta? estoy seguro de que esa fruta debe ser una bolsa de agua tibia nada más. -Cómo se puede atrever - dijo el baobab-este pequeño ser a dudar de lo rica que es mi fruta. ¡Le demostraré lo contrario!. Entonces dejó caer su fruta y el conejo empezó a saborearla.
-Tu fruta es deliciosa, baobab, muchísimas gracias. Pero ¿y tu corazón? Seguro que tu corazón tiene que ser duro como una piedra. En ese momento el baobab quiso enseñar su corazón al conejo para demostrarle que no era de piedra, pero le entró miedo de enseñar su corazón a alguien que no conocía. El baobab no se atrevía, de pronto, la curiosidad fue más fuerte y empezó a abrir su corazón. En el corazón del baobab se descubrieron miles de tesoros: piedras preciosas, oro, joyas, plata, telas finas.
¡¡¡Gracias baobab!!!! dijo el conejo. Tú eres el ser más generoso que jamás he conocido, y entró despacio en el corazón del baobab, y tomando el tesoro que había allí, regresó a casa. Le dio todo a su mujer, quien ni corta ni perezosa salió a presumir con sus amigas lo que le había regalado su marido. Pero había una amiga que no se alegró de ver a la coneja con todas esas joyas: era la hiena envidiosa. Ésta fue con su marido y le contó todo lo sucedido.
El marido hiena, viendo a su mujer muerta de envidia, fue a ver al conejo para preguntarle cómo había conseguido lo que tenía su mujer, para él dárselo a la suya. El conejo, inocentemente, le contó todo: lo de la sombra, lo del follaje, lo de la fruta y el corazón. Fue así, como el marido hiena fue a ver al baobab, éste, acordándose de lo bien que se había sentido con el conejo, hizo lo mismo: prestó su sombra, movió sus hojas, entregó su fruta y abrió su corazón, donde había miles de tesoros.
El marido hiena, viendo tanta riqueza, quiso llevarse todo. Empezó a arañar el corazón del baobab. Éste no entendía nada, dolido y herido cerró su corazón. La hiena se quedó fuera sin poder tomar el tesoro. Desde entonces, la hiena busca en las entrañas de los animales muertos aquello que no pudo conseguir en el corazón del baobab.
Cuentan que el baobab nunca volvió a abrir su corazón a nadie, porque tiene una gran herida y teme que el vuelvan a hacer daño.
El corazón del ser humano es muy parecido al corazón del baobab, encierra miles y miles de tesoros pero ¿pero porqué es tan poco lo que se abre? ¿De qué hiena se acuerda?

1.03.2011

Un Día En Particular

Pensó, sonrió y apagó la lámpara. Pensaba en la oscuridad, veía al vacío donde estaría el techo y repasaba ahí sobre todo lo que algunas veces lo había hecho feliz. Repasaba sus días, los mejores momentos de su vida y los acompañaba también de los errores y las cosas que debió y no debió hacer, muchas veces se sintió muy estúpido y los  repetía mordiendo su almohada impotente por no poder volver atrás y muchas otras también se sintió el más pleno del mundo por las grandes cosas que habían sucedido por él, en él y a su alrededor. No puede dormir. Enciende la lámpara, coge un libro y empieza a leer, las hojas pasan y todas vorazmente consumidas, pero a quien podría engañar si está solo en esto, si en cada página la encuentra, en cada situación recrea un desenlace que lo lleve a sus brazos o quizás mejor a sus labios y no importa el mundo si ellos encuentran su felicidad. Nada podía hacer esa noche más que recordarla. El tiempo había pasado con ella y él jugando a no conocerse, a ignorar lo que sienten, a disfrutar de sus miradas y sus roces y no ceder ninguno a las inexplicables sensaciones que los estremecían cada vez que nada más se rozaban sus bellos y se erizaban y la piel se partía en mil pedacitos cada vez más fríos, esa sensación inexplicablemente era la más placentera del mundo durante los pocos segundos  en que aquellos dos entes del universo se encontraban en la misma dimensión y creaban un agujero negro y romántico para ellos dos y muchas veces con su luna llena y blanquísima también. Y otra vez él perecía en su cama mirando a la oscuridad, al vacío y se martirizaba por las cosas que hizo y las que no hizo también y sobre todo, pero era feliz cuando en suma de todo recordaba lo feliz y plenos que eran los pocos segundos en que sus miradas, sus cuerpos se encontraban alineados, eclipsados en un destino que no terminaba de unirlos, como él quería, de una vez y para siempre.
  


La luz se había vuelto a apagar, otra vez todo estaba en silencio y más de la mitad de lo que dura la noche ya se había perdido en algún lugar en el que el sol voraz la exterminaba, mortal y románticamente, y él estaba aún pensando en lo que sentía, en como se sentía con ella, en las cosas que podría hacer y le ilusionaba pensar en la sonrisa que ella le pudiera devolver. Lo que daría por verla sonreír ante él, por él y para él. Entre el regocijo de un recuerdo que no existía si no era más que en su imaginación se fue durmiendo, poco a poco, resistiéndose a dejar de pensar en ella y disfrutar de su imaginaria y muy propia sonrisa. Ya que nunca había logrado soñar o si lo había hecho jamás lo había recordado, para él el dormir y despertar no era sino un intervalo de tiempo del que no conservaba recuerdos. De no haberla conocido no habría entendido jamás el sentido de la noche, su magia y su romanticismo, porque si en el día la amaba al sol, no tenía idea de lo mucho más que podría hacerlo a la luz cómplice de la luna brillante y su concierto de estrellas.


Falta poco para el amanecer, todo esta en silencio, las ideas se han desvanecido y solo queda el vacío.
Él estaba en un parque, llevaba una camisa tono rosa claro que nunca se imaginó usar, el lugar le parecía familiar, es más hasta sentía que le gustaba estar ahí, extraño pues no era noctámbulo, pero estaba curiosamente feliz, acababa de abrir los ojos y miraba todo a su alrededor y escuchó a su lado la voz más dulce y la menos esperada de las que en su vida esperó oír en un momento así, y es que así son las mejores cosas que te suceden en el mundo, no son planeadas, solo suceden. “Oye, ¿estás aquí conmigo? ¿Te quedaras?” el volvió la mirada y la encontró, tan linda como en el día pero esta vez adornada de estrellas, radiante y bella como la luna, casi se asustó cuando la descubrió muy segura tomada de su mano, momentos y situaciones a los que jamás llego en las noches oscuras del techo de su habitación. Lo único que pudo hacer fue asentir con la cabeza de que si, que se quedaba con ella. Ella muy feliz lo llevo hacia un banco que no estaba muy lejos, se sentaron uno frente a otro, con las piernas cruzadas sobre el banco, tomados de ambas manos y siempre mirándose, ella parecía feliz y él veía detrás de ella el amanecer próximo, claro y amenazante, no entendía porqué, ella notó que poco a poco en el cambiaba esa felicidad por cierta congoja gradualmente más acentuada se diría que al compás del amanecer. Él no lo entendió pero ella empezó a pedirle que no se fuera, que se quedara y él solo atinaba a mirarla con cierta pena y ojos de felicidad, dicen que el rostro refleja el inconsciente, nuestro verdadero estado y los ojos la verdad de nuestra alma, y era así, él quería quedarse e inexplicablemente no lo podía hacer, cosa que lo ponía muy triste y eso se dibujaba en su expresión, pero el brillo de sus ojos denotaba mucha felicidad, lo que le hacia ver que su alma había encontrado ese eclipse total de amor que en noches interminables había imaginado. El momento cada vez era más inminente, ella era ahora quién lo tomaba de la mano y le pedía que se quede, él no podía hacerlo e inevitablemente todo se iba terminando, como se terminan los eclipses, siendo bellos, increíbles y fugaces, pero siempre dejando en algún rincón de nuestro ser la esperanzas de que volverá a pasar, era el único consuelo. El momento de decir Adiós de alguna forma ya había llegado y él por fin pudo hablar y solamente para despedirse-“Adiós”-. Ella lo miro y dio la impresión que al escuchar su voz él le hubiera confirmado ese amor que durante la noche no le pudo jurar, lo tomó de la mano, se acerco hacia él y lo besó. En el contacto de estas dos epidermis se fusionaron dos fantasías, él intentaba decirle todo lo que había callado, apretujaba sus labios entre los suyos con tanto cariño y amor que parecía no querer dejarla jamás, el eco de los ruidos de sus labios retumbaba en sus corazones, el sabor y el aliento se quedaba impregnado en el recuerdo del mejor beso que en sueños se pudo dar. ¡Y despertó! Despertó en su cama volviendo a tomar  aire, como si no hubiera respirado durante los minutos que la estuvo besando, sintiendo el sabor de sus labios y todas esa mezcla de sensaciones que lo tuvieron tendido buscando explicación y una sonrisa más inexplicable aún dibujada perfectamente en su rostro, sentía como su corazón estaba acelerado y las sensaciones eran todas vivas pero ella no estaba ahí. Jamás estuvo ahí. Comprendió. Se puso de pie, se fue hacia el baño, tomo una ducha y en ello noto que ya era hora de volver a la rutina, intentó olvidarlo, no lo logró y  todo continuó, como continua todo cuando descubres que el mejor momento de tu vida a sucedido solo en un sueño.

Al llegar a la universidad, recordó que la primera clase sería en el mismo lugar donde siempre la veía, donde compartían miradas lejanas y donde alguna vez hubieran estado cerca sin que él pudiera hacer algo. Una cierta sensación de temor lo invadió,-“¡fue solo un sueño!”-pensó y se reconfortó, entró a la clase y tomó el asiento más alejado de los que ella siempre tomaba. La clase empezó y él no notó que llegara -“¿llegará tarde o faltará? ¿Le habrá pasado algo?” pensó - sintió sueño por lo poco dormido y por lo cansado que le resulto soñar por primera vez a alguien que nunca lo ha logrado y más aún con todo lo soñado. Ligeramente en secreto, apoyando sus brazos sobre el cuaderno y su cabeza sobre ellos, escondido a la espalda del compañero delantero se volvió a dormir, no lo pudo soportar. La clase había terminado. El la había vuelto a encontrar en sueños, tenía un gesto muy feliz acostado sobre sus brazos y alguien se acercó a despertarlo cuando ya todos habían salido del salón. Muy delicadamente se acercó hasta su mejilla y le dio un ligero beso. Él lo sintió y abrió los ojos de pronto, siempre con esa sonrisa, tratando de saber que pasaba pero todo estaba borroso y poco a poco se iba aclarando y se hacía más increíble, era igual de bella que en sus sueños, a la luz del sol y con esa sensación de un sueño hecho realidad. “¿Es un milagro?” balbuceo torpemente mientras despertaba. “Milagros es mi nombre”-le dijo- “¿Siempre sonríes así tan lindo mientras duermes?”-. Ya despierto y sonrojado también solo atinó a sonreír y ponerse de pie. “¿Quieres un café?”  
Dijo él mientras se acomodaba la ropa y tomaba sus cosas, ella le dijo que sí y mientras lo observaba comentó “una camisa rosa muy clarita te quedaría muy bien”. Él se detuvo, la miró, sonrió y caminaron juntos quizás hablando de un sueño en común.