Esta es una narración en primera persona, lo que no quiere decir que sea una experiencia personal, no es autobiográfico es más bien algo casi profético, la suma de muchos momentos a una noche especial.
Aquella tarde del diecinueve de abril, cansado de la rutina del libreto diario me propuse vivir una pequeña aventura. Pensé en la manera más original, una manera en la que ni yo mismo tuviera la certeza de lo que estaba ocurriendo. Cogí el teléfono y busqué un número de entre mis recuerdos, no fue muy difícil ubicarlo, estaba ahí donde hace tiempo lo encontraba tan rápido. Con el teléfono pegado al oído y la vista al vacío, a cada timbre imaginaba su voz y me ahogaba con tan solo pensar en iniciar la conversación sin caer en el pánico para no deslucir la sorpresa. Tras los tres segundos más largos de mi vida, contestó ella misma, con su voz clara y plena, como quien me da la sensación de que ya esperaba mi llamada, con un ¡hola! Sabiendo quizás que tengo hoy algo importante y diferente, sobre todo diferente de que hablarle, más que hablar, proponer. Dudé unos instantes. Entendía de donde nacían esos nervios que ahora me inundaban y no me dejaban hablar, era que hace tiempo no le hablaba a esa mujer en ese tono seductor, talvez ya lo habría olvidado. Con voz serena y tratando de ocultar mi emoción la saludé, como si el tiempo no hubiese pasado y todo fuera como aquella primera vez cuando la conocí. En silencio escuchó mi propuesta, también dudo unos instantes y aceptó salir conmigo aquella noche del diecinueve de abril, estaba sorprendida, fue al descubrir su desconcierto que me invadió una sensación de calma, como si yo tuviera el control de la situación. Me fue inevitable, quizás necesario, recordar que nuestro primer y casi habitual lugar de encuentro era la banca de un parque, del cual yo aseguraba seria mío algún día, del cual también exactamente desde aquella especial banca, puntualmente a las nueve de la noche, sabíamos ella y yo de la vista sin igual de la luna, cual privilegiado espectáculo personal. Sabíamos que ese seria el lugar indicado para aquel encuentro, la hora estaba definida por la luna, las situaciones se darían según había transcurrido el tiempo para cada uno de nosotros. Al escuchar el primer tono en el teléfono que me decía que ella había terminado la conversación, después de su enternecedora y emocionada despedida, me quedé pensando en ella. Los años habían perfeccionado su carácter sin hacerle perder su fresca y tierna jovialidad. Era una mujer que pese a su inmensa capacidad y entrega de madre había sabido mantenerse bonita. Era amiga, estuvo siempre presente para mí, siempre elegante, inteligente, culta y de trato encantador. Fue así como ella me esperaría o yo la esperaría a las nueve en aquella banca de la primera vez, o esperaríamos a recordar aquellos momentos, quizás revivirlos.
La había conocido cuando era una muchachita llena de alegría, de aquella jovialidad pero siempre sobria, un equilibrio increíble, era la forma en la que yo siempre la adoré. Fue allá en una ciudad de verde ausente y cielo hermoso, pero casi siempre gris, éramos estudiantes, salíamos a bailar juntos a discotecas, aunque a mí nunca me hubiese gustado la música a pleno volumen pero si quizás bailar. Esa tarde del diecinueve de abril me quedaban recuerdos del inevitable romance que una vez había nacido entre los dos. Luego, ella se había casado, el esposo era una buena persona, trabajador, dedicado en su posibilidad a su familia, no había tiempo más importante para él, solo más importante sus tres hijos, sin embargo nada había mermado en ella su espíritu juvenil. Entonces también recorríamos parques y conversábamos mucho, era que disfrutaba de aquella banca, del viento, su presencia, su voz, su jovialidad, en fin, era ella y yo.
A esa hora su marido no estaría en casa y los niños estarían ya en cama, como ella me dijo que seria y alguna vez lo habíamos conversado. Ella al igual que yo, tenía la curiosidad y la necesidad de vivir momentos diferentes, momentos de diversión después de los años que habían pasado. El esposo como lo sabia yo y como lo acababa de percibir, por la emoción con que ella recordó aquel parque y la hora, era uno de esos hombres que trabaja en exceso y que en sus prioridades nunca pondría sobre su trabajo y su descanso una noche para el recuerdo y la diversión, o quizás no hubo notado nunca la necesidad de soñar y volar una vez más de su esposa.
A las nueve de la noche de aquel diecinueve de Abril la busqué en el lugar concertado. El día había transcurrido muy lento, ya había perdido la cuenta de las veces que había visto el reloj en la pared y peor aún con él que llevaba en la muñeca, esta no era una noche para llegar tarde, esta noche sería como la primera vez desde el primer minuto. Y así fue, llegué muy puntual, ahora no tengo la certeza, no sé si busqué en el parque que algún día tendría que ser mío, porque así se lo había prometido mientras soñábamos, la banca donde sabia estaría ella, por su necesaria e impugnable puntualidad o buscaba la mejor vista de la luna, donde estaba seguro también estaría ella, era parte del acuerdo, la hora y el lugar estaban definidos por la luna.
Fui sorprendido al llegar a la banca, al lugar de la mejor vista de la luna, la que estaba en el parque que algún día tendría que ser mío. Ella no había llegado aún. Algo había cambiado, no era un mal presagio, por primera vez tendría que esperarla. No fue muy duro, la espera se limitó a unos poquísimos minutos hasta que noté la nerviosa silueta suya caminando cada vez más cerca, caminando entre el frío, venciéndolo y cada vez más cerca. Tal y como lo temía, no hubieron palabras para recibirla con la emoción que embargaba el momento, y una vez más como la primera vez, ella rompió el silencio, sonriente y nerviosa, lo hacia para darme calma y porque todo anduviera bien. Fue un “hola” a unos pasos de distancia delatando su emoción y dándome la sensación de poder controlar la situación, una vez más. La besé en la mejilla. Noté que ella también recordaba y revivía el tiempo pasado y ahora no muerto de aquella banca en aquel parque que ahora habíamos encontrado diferente pues en mucho tiempo no habíamos vuelto por ahí y mucho menos juntos, pero estaba igual de precioso.
¿Caminamos? Le dije, no pudimos sentarnos pues la banca estaba ahí perfecta, pero la luna fue sometida por las nubes de aquel repentino cielo nublado de aquella fría noche. Caminábamos por aquel parque que jamás olvidamos, hasta que noté en un roce con su piel que estaba fría, le ofrecí cenar en un restaurante que conocía para esa noche. A media luz, al sonido de un pianista que me dijeron talvez haya empezado a tocar el mismo día en que ella y yo nos conocíamos, nunca lo supe. Una vez más el momento en el restaurante fue como si fuera la primera vez, la más bella primera vez con ella a mi lado con esa magia que hacia mucho tiempo habíamos olvidado. El ambiente con el piano aislándonos de la realidad se prestaba a la confidencia, fue tal la magia y el piano que solo volví a la realidad cuando noté su mano cobijándose con la mía, como quien busca seguridad y quiere sentir que el momento es real, yo era real, ella es real, y el piano y su melodía, no los puedo explicar.
Nadie tenía derecho a juzgarnos. Ambos éramos personas maduras y si bien teníamos responsabilidades de familia, nada malo había en que saliéramos a recordar y a volver a las sonrisas de la primera vez. Salimos del restaurante con ella cobijada en mi brazo sintiéndose segura y cómoda apoyando su cabeza en mi hombro, mirándome por momentos y dedicándome su aliento reflejado como una nube de estrellas en el frío viento de aquella noche. Decidimos como lo hacíamos antes, ir a bailar.
Bajamos las escaleras de lo que había oído era un club, dentro todo era penumbra, era un lugar lo mas cercano a un bar clásico, este era un tanto más intimo, las mesas alumbradas por un pequeño destello de luz, y al fondo una escondida pista de baile para 5 parejas que bailaban secretamente cubiertas por la luz ámbar y rojo que los alumbraba, a un costado estaba el bar donde un caballero, que talvez sea amigo del pianista del restaurante por la edad y la complicidad que inspiraban, preparaba los tragos sin enterarse de lo que pasaba a su alrededor, sumido en su mundo ajeno a este por supuesto. Cuando por fin logré dar el vistazo, todos ahí, como nosotros eran personas que sentían ser una en la penumbra por la proximidad de sus cuerpos, como nosotros eran personas cuyas intenciones también anhelaban volver en el tiempo en su proximidad, trataban de recordar aquella mirada que hacia años no habían vuelto a descubrir. Nadie notaba nuestra presencia, me pareció que cada uno de esos cuerpos meciéndose entre las notas de la canción, que murmuraba en ese momento, volaba y volvía en el tiempo hasta aquella primera vez en que se encontraron a un paso del cielo al compás de una canción. Nos adentramos en esa atmósfera de nostalgia y romanticismo, ubicamos un lugar, las mesas todas eran para dos personas pero esta en particular la encontré especial, era un lugar tan confidencial, muy íntimo, al punto que dudo alguien se hubiera cuenta que estábamos ahí, un lugar que discreta y abiertamente te invitaba al amor. Al acomodarle la silla para que pudiera sentarse, noté que en el lugar no habían mozos, por lo que tuve que acercarme donde aquel caballero para ordenar la bebidas que nos acompañarían. Para ella un Gin and tonic que para el calor del lugar caía muy bien y para mí una botella de vino helado sabia que a ella también le apetecería.
Salimos a bailar. Sentí su cuerpo junto al mío, fue siempre como la primera vez, ya no tenia sus manos entre las mías, ahora estaban entrelazadas, confundidas sobre mi cuello, mis manos encontraban su silueta escondida bajo el suéter que traía puesto. La acariciaba como si fuera la primera vez, tratando de descubrirla entre tanta belleza, éramos parte del grupo de los que bailaban aquella melodía que nos había llevado a bailar, pero a la vez no estábamos con ellos, el mundo se redujo a la música, la penumbra, sus manos sobre mi cuello, su aliento cada vez mas cercano al mío, mis manos descubriéndola y cada canción fuera cual fuere, se hacia lenta en nuestra dimensión. La música era de un mundo ordinario, un mundo del cual salimos e inmortalizamos la melodía cuando lo inevitable sucedió. Un beso. Un primer beso, digo primer porque fue como la primera vez, estoy seguro y con conocimiento de causa lo afirmo, era la mejor primera vez de aquel club, era la mejor primera vez entre todas aquellas primeras veces en el club de las primeras veces y otro beso, este muy apasionado y otro más. Y no corten la música que el siguiente beso será más que una primera vez, será único como cada uno de esos momentos.
Al salir del club, la abrazaba por el hombro tratando de esconderla del tiempo, la había abrigado con mi saco antes de salir, ni el vino nos cobijaría de aquella noche fría pero trataba de ser la solución a las cosas que antes no pude volver a hacer, ella me abrazaba por la cintura y se refugiaba en mi pecho. La calle estaba desierta y caminábamos lo más lento posible hacia el carro para hacer más larga la noche, a su lado para mi el tiempo se había detenido, pero el momento de terminar aquel sueño se aproximaba cada vez más y nosotros volábamos hasta ello más lento también.
Palabras de un amor que había vencido al tiempo. Allí estábamos reviviendo el pasado que se hacía presente. Nuestros caminos nos habían unido una vez más. No había ni asomo de remordimiento en aquella entrega de mentes, corazones y cuerpos. Estábamos inmensamente felices, no había más que nosotros en ese universo de felicidad, donde ya el pasado sobre el presente y donde todo era por primera vez.
Al llegar a su casa, todo estaba silencioso, los hijos dormían hacia ya rato. Bajé a abrirle la puerta del carro. Nos miramos sin decir palabra, asumiendo que por primera vez deseábamos que esta no fuera la última vez, deseábamos que no se terminara la noche cuando estaba ya a punto de amanecer. Nos dimos un beso prolongado con la emoción del primero cual fuera el último, esa era la magia. Me tomó de la mano sorpresivamente y me caminamos juntos hacia la puerta. Muy temprano, por la mañana, giré la mirada y estaba ella a mi lado, la observe y no tarde en reconocerla, era ella, con la paz de un ángel, no quise despertarla, la abrigue y camine hacia la puerta y ella me dijo, mi amor, los niños hoy no van a la escuela. Esa mañana ella y yo nos amamos como siempre y más que la noche anterior y como si fuera por primera vez, empezamos una vida de casados una vez más.
La sensación que deja de ser sensación al encontrar en un video recuerdos de una noche que jamás se podra olvidar.
Aquella tarde del diecinueve de abril, cansado de la rutina del libreto diario me propuse vivir una pequeña aventura. Pensé en la manera más original, una manera en la que ni yo mismo tuviera la certeza de lo que estaba ocurriendo. Cogí el teléfono y busqué un número de entre mis recuerdos, no fue muy difícil ubicarlo, estaba ahí donde hace tiempo lo encontraba tan rápido. Con el teléfono pegado al oído y la vista al vacío, a cada timbre imaginaba su voz y me ahogaba con tan solo pensar en iniciar la conversación sin caer en el pánico para no deslucir la sorpresa. Tras los tres segundos más largos de mi vida, contestó ella misma, con su voz clara y plena, como quien me da la sensación de que ya esperaba mi llamada, con un ¡hola! Sabiendo quizás que tengo hoy algo importante y diferente, sobre todo diferente de que hablarle, más que hablar, proponer. Dudé unos instantes. Entendía de donde nacían esos nervios que ahora me inundaban y no me dejaban hablar, era que hace tiempo no le hablaba a esa mujer en ese tono seductor, talvez ya lo habría olvidado. Con voz serena y tratando de ocultar mi emoción la saludé, como si el tiempo no hubiese pasado y todo fuera como aquella primera vez cuando la conocí. En silencio escuchó mi propuesta, también dudo unos instantes y aceptó salir conmigo aquella noche del diecinueve de abril, estaba sorprendida, fue al descubrir su desconcierto que me invadió una sensación de calma, como si yo tuviera el control de la situación. Me fue inevitable, quizás necesario, recordar que nuestro primer y casi habitual lugar de encuentro era la banca de un parque, del cual yo aseguraba seria mío algún día, del cual también exactamente desde aquella especial banca, puntualmente a las nueve de la noche, sabíamos ella y yo de la vista sin igual de la luna, cual privilegiado espectáculo personal. Sabíamos que ese seria el lugar indicado para aquel encuentro, la hora estaba definida por la luna, las situaciones se darían según había transcurrido el tiempo para cada uno de nosotros. Al escuchar el primer tono en el teléfono que me decía que ella había terminado la conversación, después de su enternecedora y emocionada despedida, me quedé pensando en ella. Los años habían perfeccionado su carácter sin hacerle perder su fresca y tierna jovialidad. Era una mujer que pese a su inmensa capacidad y entrega de madre había sabido mantenerse bonita. Era amiga, estuvo siempre presente para mí, siempre elegante, inteligente, culta y de trato encantador. Fue así como ella me esperaría o yo la esperaría a las nueve en aquella banca de la primera vez, o esperaríamos a recordar aquellos momentos, quizás revivirlos.
La había conocido cuando era una muchachita llena de alegría, de aquella jovialidad pero siempre sobria, un equilibrio increíble, era la forma en la que yo siempre la adoré. Fue allá en una ciudad de verde ausente y cielo hermoso, pero casi siempre gris, éramos estudiantes, salíamos a bailar juntos a discotecas, aunque a mí nunca me hubiese gustado la música a pleno volumen pero si quizás bailar. Esa tarde del diecinueve de abril me quedaban recuerdos del inevitable romance que una vez había nacido entre los dos. Luego, ella se había casado, el esposo era una buena persona, trabajador, dedicado en su posibilidad a su familia, no había tiempo más importante para él, solo más importante sus tres hijos, sin embargo nada había mermado en ella su espíritu juvenil. Entonces también recorríamos parques y conversábamos mucho, era que disfrutaba de aquella banca, del viento, su presencia, su voz, su jovialidad, en fin, era ella y yo.
A esa hora su marido no estaría en casa y los niños estarían ya en cama, como ella me dijo que seria y alguna vez lo habíamos conversado. Ella al igual que yo, tenía la curiosidad y la necesidad de vivir momentos diferentes, momentos de diversión después de los años que habían pasado. El esposo como lo sabia yo y como lo acababa de percibir, por la emoción con que ella recordó aquel parque y la hora, era uno de esos hombres que trabaja en exceso y que en sus prioridades nunca pondría sobre su trabajo y su descanso una noche para el recuerdo y la diversión, o quizás no hubo notado nunca la necesidad de soñar y volar una vez más de su esposa.
A las nueve de la noche de aquel diecinueve de Abril la busqué en el lugar concertado. El día había transcurrido muy lento, ya había perdido la cuenta de las veces que había visto el reloj en la pared y peor aún con él que llevaba en la muñeca, esta no era una noche para llegar tarde, esta noche sería como la primera vez desde el primer minuto. Y así fue, llegué muy puntual, ahora no tengo la certeza, no sé si busqué en el parque que algún día tendría que ser mío, porque así se lo había prometido mientras soñábamos, la banca donde sabia estaría ella, por su necesaria e impugnable puntualidad o buscaba la mejor vista de la luna, donde estaba seguro también estaría ella, era parte del acuerdo, la hora y el lugar estaban definidos por la luna.
Fui sorprendido al llegar a la banca, al lugar de la mejor vista de la luna, la que estaba en el parque que algún día tendría que ser mío. Ella no había llegado aún. Algo había cambiado, no era un mal presagio, por primera vez tendría que esperarla. No fue muy duro, la espera se limitó a unos poquísimos minutos hasta que noté la nerviosa silueta suya caminando cada vez más cerca, caminando entre el frío, venciéndolo y cada vez más cerca. Tal y como lo temía, no hubieron palabras para recibirla con la emoción que embargaba el momento, y una vez más como la primera vez, ella rompió el silencio, sonriente y nerviosa, lo hacia para darme calma y porque todo anduviera bien. Fue un “hola” a unos pasos de distancia delatando su emoción y dándome la sensación de poder controlar la situación, una vez más. La besé en la mejilla. Noté que ella también recordaba y revivía el tiempo pasado y ahora no muerto de aquella banca en aquel parque que ahora habíamos encontrado diferente pues en mucho tiempo no habíamos vuelto por ahí y mucho menos juntos, pero estaba igual de precioso.
¿Caminamos? Le dije, no pudimos sentarnos pues la banca estaba ahí perfecta, pero la luna fue sometida por las nubes de aquel repentino cielo nublado de aquella fría noche. Caminábamos por aquel parque que jamás olvidamos, hasta que noté en un roce con su piel que estaba fría, le ofrecí cenar en un restaurante que conocía para esa noche. A media luz, al sonido de un pianista que me dijeron talvez haya empezado a tocar el mismo día en que ella y yo nos conocíamos, nunca lo supe. Una vez más el momento en el restaurante fue como si fuera la primera vez, la más bella primera vez con ella a mi lado con esa magia que hacia mucho tiempo habíamos olvidado. El ambiente con el piano aislándonos de la realidad se prestaba a la confidencia, fue tal la magia y el piano que solo volví a la realidad cuando noté su mano cobijándose con la mía, como quien busca seguridad y quiere sentir que el momento es real, yo era real, ella es real, y el piano y su melodía, no los puedo explicar.
Nadie tenía derecho a juzgarnos. Ambos éramos personas maduras y si bien teníamos responsabilidades de familia, nada malo había en que saliéramos a recordar y a volver a las sonrisas de la primera vez. Salimos del restaurante con ella cobijada en mi brazo sintiéndose segura y cómoda apoyando su cabeza en mi hombro, mirándome por momentos y dedicándome su aliento reflejado como una nube de estrellas en el frío viento de aquella noche. Decidimos como lo hacíamos antes, ir a bailar.
Bajamos las escaleras de lo que había oído era un club, dentro todo era penumbra, era un lugar lo mas cercano a un bar clásico, este era un tanto más intimo, las mesas alumbradas por un pequeño destello de luz, y al fondo una escondida pista de baile para 5 parejas que bailaban secretamente cubiertas por la luz ámbar y rojo que los alumbraba, a un costado estaba el bar donde un caballero, que talvez sea amigo del pianista del restaurante por la edad y la complicidad que inspiraban, preparaba los tragos sin enterarse de lo que pasaba a su alrededor, sumido en su mundo ajeno a este por supuesto. Cuando por fin logré dar el vistazo, todos ahí, como nosotros eran personas que sentían ser una en la penumbra por la proximidad de sus cuerpos, como nosotros eran personas cuyas intenciones también anhelaban volver en el tiempo en su proximidad, trataban de recordar aquella mirada que hacia años no habían vuelto a descubrir. Nadie notaba nuestra presencia, me pareció que cada uno de esos cuerpos meciéndose entre las notas de la canción, que murmuraba en ese momento, volaba y volvía en el tiempo hasta aquella primera vez en que se encontraron a un paso del cielo al compás de una canción. Nos adentramos en esa atmósfera de nostalgia y romanticismo, ubicamos un lugar, las mesas todas eran para dos personas pero esta en particular la encontré especial, era un lugar tan confidencial, muy íntimo, al punto que dudo alguien se hubiera cuenta que estábamos ahí, un lugar que discreta y abiertamente te invitaba al amor. Al acomodarle la silla para que pudiera sentarse, noté que en el lugar no habían mozos, por lo que tuve que acercarme donde aquel caballero para ordenar la bebidas que nos acompañarían. Para ella un Gin and tonic que para el calor del lugar caía muy bien y para mí una botella de vino helado sabia que a ella también le apetecería.
Salimos a bailar. Sentí su cuerpo junto al mío, fue siempre como la primera vez, ya no tenia sus manos entre las mías, ahora estaban entrelazadas, confundidas sobre mi cuello, mis manos encontraban su silueta escondida bajo el suéter que traía puesto. La acariciaba como si fuera la primera vez, tratando de descubrirla entre tanta belleza, éramos parte del grupo de los que bailaban aquella melodía que nos había llevado a bailar, pero a la vez no estábamos con ellos, el mundo se redujo a la música, la penumbra, sus manos sobre mi cuello, su aliento cada vez mas cercano al mío, mis manos descubriéndola y cada canción fuera cual fuere, se hacia lenta en nuestra dimensión. La música era de un mundo ordinario, un mundo del cual salimos e inmortalizamos la melodía cuando lo inevitable sucedió. Un beso. Un primer beso, digo primer porque fue como la primera vez, estoy seguro y con conocimiento de causa lo afirmo, era la mejor primera vez de aquel club, era la mejor primera vez entre todas aquellas primeras veces en el club de las primeras veces y otro beso, este muy apasionado y otro más. Y no corten la música que el siguiente beso será más que una primera vez, será único como cada uno de esos momentos.
Al salir del club, la abrazaba por el hombro tratando de esconderla del tiempo, la había abrigado con mi saco antes de salir, ni el vino nos cobijaría de aquella noche fría pero trataba de ser la solución a las cosas que antes no pude volver a hacer, ella me abrazaba por la cintura y se refugiaba en mi pecho. La calle estaba desierta y caminábamos lo más lento posible hacia el carro para hacer más larga la noche, a su lado para mi el tiempo se había detenido, pero el momento de terminar aquel sueño se aproximaba cada vez más y nosotros volábamos hasta ello más lento también.
Palabras de un amor que había vencido al tiempo. Allí estábamos reviviendo el pasado que se hacía presente. Nuestros caminos nos habían unido una vez más. No había ni asomo de remordimiento en aquella entrega de mentes, corazones y cuerpos. Estábamos inmensamente felices, no había más que nosotros en ese universo de felicidad, donde ya el pasado sobre el presente y donde todo era por primera vez.
Al llegar a su casa, todo estaba silencioso, los hijos dormían hacia ya rato. Bajé a abrirle la puerta del carro. Nos miramos sin decir palabra, asumiendo que por primera vez deseábamos que esta no fuera la última vez, deseábamos que no se terminara la noche cuando estaba ya a punto de amanecer. Nos dimos un beso prolongado con la emoción del primero cual fuera el último, esa era la magia. Me tomó de la mano sorpresivamente y me caminamos juntos hacia la puerta. Muy temprano, por la mañana, giré la mirada y estaba ella a mi lado, la observe y no tarde en reconocerla, era ella, con la paz de un ángel, no quise despertarla, la abrigue y camine hacia la puerta y ella me dijo, mi amor, los niños hoy no van a la escuela. Esa mañana ella y yo nos amamos como siempre y más que la noche anterior y como si fuera por primera vez, empezamos una vida de casados una vez más.
La sensación que deja de ser sensación al encontrar en un video recuerdos de una noche que jamás se podra olvidar.

