11.19.2008

Un Cuento Sobre La Primera Vez

Esta es una narración en primera persona, lo que no quiere decir que sea yo quien la vivió, no es autobiográfico es mas bien algo casi profético.


Aquella tarde del diecinueve de Abril, cansado de la rutina del libreto diario me propuse vivir una pequeña aventura. Pensé en la manera más original, cogí el teléfono y busqué un número de entre mis recuerdos, a cada timbre me imaginaba como empezar la conversación sin caer en el pánico para no arruinar la sorpresa. Me contestó ella misma, con su voz clara y plena, como quien me da la sensación de que ya esperaba mi llamada, con un ¡hola! Sabiendo quizás que tengo hoy algo importante y diferente, sobre todo diferente, de que hablarle, más que hablar, proponer. Dudé unos instantes. No entendía de donde nacían esos nervios que ahora me inundaban y no me dejaban hablar, con voz serena y diferente la saludé, como si el tiempo no hubiese pasado y todo fuera como aquella primera vez cuando la conocí. Escuchó mi propuesta, también dudo unos instantes y acepto salir conmigo aquella noche del diecinueve de abril. Me fue inevitable, quizás necesario, recordar que nuestro primer y casi habitual lugar de encuentro era la banca de un parque, del cual yo aseguraba seria mío algún día, del cual también exactamente desde aquella especial banca, puntualmente a las nueve de la noche, sabíamos ella y yo de la vista sin igual de la luna, cual privilegiado espectáculo personal.

Esa tarde del diecinueve de Abril me quedaban recuerdos del inevitable romance que una vez había nacido entre los dos. Luego, ella se había casado, el esposo era una buena persona, trabajador, dedicado en su posibilidad a su familia, no había tiempo mas importante para él, solo mas importante sus tres hijos. Cada uno de ellos seguro de cual seria el rumbo que debían seguir, sin embargo nada había mermado en ella su espíritu juvenil.

A esa hora su marido no estaría en casa y los niños estarían ya en cama, como ella me dijo que seria y alguna vez lo habíamos conversado. Ella al igual que yo, tenía la curiosidad y la necesidad de vivir momentos diferentes, momentos de diversión después de los años que habían pasado. El esposo como lo sabia yo y como lo acababa de percibir, era uno de esos hombres que trabaja en exceso y que en sus prioridades nunca pondría sobre su trabajo y su descanso una noche para el recuerdo y la diversión, o quizás no hubo notado nunca la necesidad de libertad de su esposa.
Al escuchar el primer tono del timbre que me decía que ella había ya terminado la conversación, después de su enternecedora y emocionada despedida. Me quedé pensando en ella. Era una mujer que pese a su inmensa capacidad y entrega de madre había sabido mantenerse bonita. Los años habían confirmado su belleza, perfeccionado su carácter sin hacerle perder su fresca y tierna jovialidad. Era amiga, estuvo siempre presente para mí, siempre elegante, inteligente, culta y de trato encantador. Fue así como ella me esperaría o esperaría a las nueve en aquella banca de la primera vez, o esperaría a recordar conmigo aquellos momentos, quizás revivirlos.

La había conocido cuando aún una muchachita llena de alegría, de aquella jovialidad pero siempre sobria, un equilibrio increíble, era la forma en la que yo siempre la adoré. Fue allá en una ciudad de verde ausente y cielo hermoso, pero casi siempre gris, éramos estudiantes, salíamos a bailar juntos a discotecas, aunque a mí nunca me hubiese gustado la música a pleno volumen pero si quizás bailar. Entonces también recorríamos parques y conversábamos mucho, era que disfrutaba de aquella banca, del viento, su presencia, su voz, su jovialidad, en fin, era ella y yo.

A las nueve de la noche de aquel diecinueve de Abril la busqué en el lugar concertado, ahora no tengo la certeza, no sé si busque yo en el parque que algún día tendría que ser mío la banca donde sabia estaría ella, por su necesaria e impugnable puntualidad o buscaba la mejor vista de la luna, donde estaba seguro también estaría ella.

Fui sorprendido pues llegue puntual a la banca la cual estaba en el parque que algún día tendría que ser mío, como se lo había prometido y también llegue puntual al lugar de la mejor vista de la luna y tampoco había llegado. Algo había cambiado, no era un mal presagio, por primera vez tendría que esperarla. No fue muy duro, la espera se limitó a unos poquísimos minutos hasta que noté la nerviosa silueta suya caminando cada vez más cerca, caminando entre el frío, venciéndolo y cada vez más cerca. Como la primera vez no hubieron palabras para recibirla con la emoción que embargaba el momento, y una vez mas como la primera vez, ella rompió el silencio, sonriente y nerviosa, lo hacia para darme calma y porque todo anduviera bien. Fue un “hola” a unos pasos de distancia delatando su emoción y dándome la sensación de poder controlar la situación. La besé en la mejilla. Noté que ella también recordaba y revivía el tiempo pasado y ahora no muerto de aquella banca en aquel parque que ahora habíamos encontrado diferente pero igual de precioso.
Caminamos, no pudimos sentarnos pues la banca estaba ahí perfecta, pero la luna fue sometida por las nubes de aquella fría noche y aquel repentino cielo nublado. Caminábamos por aquel parque que jamás olvidamos, hasta que noté en un roce con su piel que estaba fría, le ofrecí cenar en un restaurante que conocía para esa noche, a media luz, al sonido de un pianista que me dijeron talvez haya estado empezado a tocar el mismo día en que ella y yo nos conocíamos, nunca lo supe. Una vez más el momento en el restaurante, fue como si fuera la primera vez, la más bella primera vez con ella a mi lado con esa magia que hacia mucho tiempo habíamos olvidado. El ambiente con el piano aislándonos de la realidad se prestaba a la confidencia, fue tal la magia y el piano que solo volví a la realidad cuando noté su mano cobijándose con la mía, como quien busca seguridad y quiere sentir que el momento es real, yo era real, ella es real, y el piano y su melodía, no los puedo explicar.

Nadie tenía derecho a juzgarnos. Ambos éramos personas maduras y si bien teníamos responsabilidades de familia, nada malo había en que saliéramos a recordar y a volver a las sonrisas de la primera vez. Salimos del restaurante con ella cobijada en mi brazo, como fue la primera vez. Decidimos como lo hacíamos antes, ir a bailar.

Bajamos las escaleras de un club, dentro todo era penumbra, era un lugar lo mas cercano a la primera vez, este era un tanto más intimo; cuando por fin logré dar el vistazo, todos ahí, como nosotros eran personas que parecían ser una por la proximidad de sus cuerpos en la penumbra, como nosotros eran personas tomadas de la mano y la cintura. Nadie notaba nuestra presencia, me pareció que cada uno de esos cuerpos meciéndose entre las notas de la canción, que murmuraba en ese momento, volaba y volvía en el tiempo hasta aquella primera vez en que se encontraron tan cerca. Entramos entre todos esos recuerdos y ubicamos un lugar para dos personas que buscan también su primera vez, era un lugar tan confidencial, muy íntimo, al punto que dudo alguien se hubiera cuenta que estábamos ahí, un lugar que discreta y abiertamente te invita al amor.

Salimos a bailar. Sentí su cuerpo junto al mío, fue siempre como la primera vez, ya no tenia sus manos entre las mías, ahora estaban entrelazadas, confundidas sobre mi cuello, mis manos encontraban su silueta escondida bajo el suéter que traía puesto. La acariciaba como si fuera la primera vez, tratando de descubrirla entre tanta belleza, éramos parte del grupo de los de la primera vez, pero a la vez no estábamos con ellos, el mundo se redujo a la música, la penumbra, sus manos sobre mi cuello, su aliento cada vez mas cercano al mío, mis manos descubriéndola y cada canción fuera cual fuere, se hacia lenta en nuestra dimensión. La música era de un mundo ordinario, un mundo del cual salimos cuando lo inevitable sucedió. Un beso. Un primer beso, digo primer porque fue como la primera vez, estoy seguro y con conocimiento de causa lo afirmo, era la mejor primera vez de aquel club, era la mejor primera vez entre todas aquellas primeras veces en el club de las primeras veces y otro beso, este muy apasionado y otro más. Y no corten la música que el siguiente beso será más que una primera vez, será único como cada uno de esos momentos.

Palabras de un amor que había vencido al tiempo. Allí estábamos reviviendo el pasado que se hacía presente. Nuestros caminos nos habían unido una vez más, como la primera vez. No había ni asomo de remordimiento en aquella entrega de mentes, corazones y cuerpos. Estábamos inmensamente felices, no había mas que nosotros en ese universo de felicidad, donde ya el pasado sobre el presente y donde todo era por primera vez.

Al llegar a su casa, bajé a abrirle la puerta del carro. Todo estaba silencioso, los hijos dormían hacia ya rato. Nos miramos sin decir palabra, asumiendo que por primera vez deseábamos que esta no fuera la última vez, deseábamos que no se terminara la noche. Nos dimos un beso prolongado, cual fuera el último beso de la noche, como si fuera la primera vez, a sabiendas que era el último de la noche, esa era la magia. Me tomó de la mano sorpresivamente y me invitó a pasar. Muy temprano, por la mañana, giré la mirada y estaba ella a mi lado, con la paz de un ángel, no quise despertarla, la abrigue y camine hacia la puerta y ella me dijo, mi amor, los niños hoy no van a la escuela. Esa mañana ella y yo nos amamos como siempre y más que la noche anterior y como si fuera por primera vez, empezamos una vida de casados una vez más.

El Valor De Un Sacrificio


Era una tarde de invierno, la imagen a primera vista era nostálgica, somnolienta, el día en cada segundo se terminaba. Estaba en la estación del tren de aquel pueblo de la mejor tarde de invierno que pude conocer, la mejor que con cordura podré imaginar y en vida podré recordar, la gente llegaba a la estación para abordar el tren de las cuatro de la tarde de aquel martes que hasta hoy recuerdo, un tren muy característico por lo mítico de su vagón, el primer vagón, uno hecho y conservado completamente en madera, un eslabón perdido, extraído del tiempo en una cadena de modernidad.


Muy cerca de la estación del tren, seguía su curso un imponente y calmado río por el cual muy frecuentemente se veían también imponentes los barcos que trasladaban generalmente productos alimenticios río arriba y río abajo, en una manera de intercambio. Lo menos importante, secretamente conocido a voces e ignorado aún escandalosamente, el transporte de madera extraída no legalmente y transportada río abajo, dejando en cada pueblo productos alimenticios a manera de intercambio por lo que nunca importó lo de la depredación.


Sobre este río estaba el segundo motivo atractivo de aquel pueblo, ya que el primero sería sin duda el mítico eslabón perdido, extraído del tiempo en esa cadena de modernidad, el vagón hecho completamente en madera, el segundo era un puente, un gigante hecho completamente de metal, atravesaba el imponente y calmado río para facilitar la ruta del tren, era un puente con un frío sentido tecnológico en un pueblo en el que un vagón de madera los rescataba del desencanto y lo frío del cemento y el metal. El gigante que atraviesa el río se divide en dos partes, cual fueran brazos que le dan la bienvenida a los barcos que llegaran a proveer de novedades al pueblo, decía un hombre que alguna vez me habló de aquel pueblo, como si fuera algo lejano cuando aún estábamos en él, el único que me hablo aquella tarde en la que abordaría el tren que me llevaría de regreso de aquel pueblo, no fui en el vagón de madera pues los boletos estaban reservados ya hace mucho tiempo.


El puente permanecía elevado, fue diseñado de manera que el paso de los barcos no se viera interrumpido ya que el régimen ininterrumpible e ignorado de los barcos era mucho más frecuente que el paso del tren por el puente, puesto que este llegaba al pueblo y lo abandonaba del mismo modo por la mañana y por la tarde, por esto el puente permanecía elevado, de esta manera se evitaba el gasto de energía de elevar el puente a cada momento, pues los barcos eran mas constantes y el puente permanecía elevado como dos brazos que saludan y dan la bienvenida a los barcos que llegaban y daban las gracias a los que se iban, cosa que sin hacerse notar daba esperanzas a los habitantes de este pueblo pues a su regreso, el o los barcos traerían cosas nuevas o más cosas de las buenas que algunas vez hubieron descargado como enmienda a la madera que todo el mundo ignoraba a sabiendas de esta depredación.


El tren del mítico vagón salía ínter diario, empezando el lunes y terminando el viernes, regresaba también ínter diario empezando el martes y terminando el sábado, para que el domingo pudiesen hacerle el mantenimiento a todo el tren y al vagón completamente en madera también.


Para los días de partida del tren, siempre llegaba al embarque de pasajeros el operador del puente con su pequeño hijo, a cumplir con un ritual que ellos habían hecho muy suyo y también muy de los pasajeros, quienes también lo habían tomado muy de la estación pues era muy lindo y grato iniciar el viaje con la despedida de un hombre con un niño que lo toma de mano muy cariñosamente, con una gran sonrisa, con un aura de felicidad al ver aquel vagón completamente en madera preparándose para salir, ondeando la palma de la mano, en un gesto de “gracias por venir, te veo luego”. Era hermoso ver esa imagen por la ventanilla del tren, contrastándose con aquella hermosa tarde de invierno que por esos días era el fondo del paisaje en el pueblo, la felicidad en ambos despidiéndose de alguien que no siente la nostalgia por la distancia, que no los extrañará, que no los recordará pero que muy gustosamente les sonríe y ondea la mano, con ese gesto que sin quererlo ya te ha arrancado una sonrisa. Era mucho mas grato cuando desde la ventanilla también llegaba una sonrisa y un saludo de despedida para la distancia que más tarde los separaría, era tan grato al punto que muchas veces además de una sonrisa de ambos lados también provocaba risa y un poquito de aquella extraña felicidad, cual fuera su magnitud, no interesaba.


Era algo conocido entre algunos pasajeros hace ya algún tiempo lo del hombre y el pequeño que debería ser su hijo, siempre llegaban juntos antes de las cuatro de la tarde de los días en los que partía ese mítico vagón, inclusive algunos más curiosos sabían que aquel hombre de la despedida, era el hombre que bajaba el puente, detenía el régimen normal de los barcos en el rió y daba paso al tren después de haberlo despedido en la estación con aquel niño de esa inmensa sonrisa y toda la alegría posible de irradiar con tan solo un gesto.


Aquella tarde nostálgica y somnolienta, de aquel pueblo de invierno inolvidable, en aquella estación del tren, cuando la gente iba llegando para abordar el tren de las cuatro de aquella tarde de Mayo. Todo transcurría en la estación como siempre fue, el libreto se había respetado al pie de lo escrito hacia ya mucho tiempo. Como siempre o como habitualmente lo hacían llegaron el hombre, el operador del puente, el padre y el pequeño, su hijo, venían imaginando la despedida del vagón, la partida del tren, la ultima vista en la sollozante imagen que para esta tarde ofrecía el horizonte en el pueblo. Los pasajeros ya casi estaban todos en sus vagones, los pasajeros que habían comprado sus boletos para el vagón completamente en madera mucho antes que yo tuviera la intención de hacerlo, ya estaban todos ubicados, el niño y su padre ya habían despedido y compartido sonrisas con todos los pasajeros. El papá que también era el operador del puente que cruzaba el río, dejaría a su hijo en la estación despidiendo a cuanto pasajero estuviese dispuesto a compartir una sonrisa con él, cuando de pronto de una ventilla del vagón mítico, de la ultima, en la cual se encontraba una mujer que andaba distraída buscando un palillo de fósforo para satisfacer un vicio, una adicción, era cierto que se encontraba sola en uno de los apartados de aquel vagón mítico completamente en madera, viró la mirada hacia la ventana y noto el inmenso cariño con que un hombre le acomodaba el abrigo a un niño que sonreía un poco mas al por fin encontrar su mirada, ella se estremeció mas cuando aquel hombre ahí, afuera del vagón, terminaba de abrigar a su pequeño con un gran beso en la frente que lo dejaba en la mejor temperatura, ella sonrió finalmente cuando aquel hombre también volteó la mirada hacia el vagón y con una sonrisa muy parecida a la del niño, con una mano abrazándolo y con la palma de la otra la despedía.


El hombre del beso en la frente, la sonrisa y la ultima despedida de aquel vagón, se disponía a caminar hacia la cabina de control del puente, faltaban pocos minutos para la partida del tren y se hacia tarde. El hombre se fue, el niño ya había despedido a todos aunque todos no se hubieran despedido de él.
Esta tarde como sucedió algunas veces, se anunciaba que un barco grande y nuevo se detendría antes de pasar por el puente e ingresar al pueblo. Por este motivo el pequeño se fue hacia el río momentos antes de la partida del tren, como lo había pensado, trataría de llegar lo mas cerca posible al puente para no perderse el momento en que el barco se detuviese, el puente bajara los brazos y el tren continuaría su ininterrumpible viaje.


El niño había llegado antes que su padre hasta la orilla del río, muy cerca al puente desde donde podría observar al barco que ya se acercaba al puente. El operador del puente llegaba a la cabina de control, cuando se percató de ver a su niño corriendo hacia el puente, del lado opuesto al suyo en referencia a la vía del tren, el tren a su vez había ya iniciado el viaje y el niño corría hacia el puente y había que hacer las señales al barco para que se detuviese, el niño seguía corriendo ante la proximidad del barco hacia el puente, el tren hacia sonar su pito y el motor estaba en marcha. Necesitaban que bajara el puente. El niño corría hacia el puente, donde bajo una tapa cuadrada, en una especie de cajón sin fondo que el niño conocía gracias a su padre de la existencia de una palanca que podría hacer que el puente se habilite para el paso del tren, este cajón no tenia fondo por evitar que se inundara por las lluvias o para evitar algún animal haga su refugio ahí, su único fondo eran las aguas del río silencioso y caudaloso, pero el operador ya había logrado establecer contacto con aquel novel barco, el tren solicitaba se bajara el puente ya enrumbado hacia el río y el operador confirmaba por radio que el puente se habilitaría, cuando una vez mas por la ventana diviso a su pequeño en el puente, echado al costado de aquel cajón con la tapa cuadrada de madera a su lado y seguramente mirando hacia el río silencioso y caudaloso, fue cuando el operador entendió que su pequeño intentaba bajar el puente con aquella palanca de la que alguna vez le había hablado. El hombre empezó a gritar, a silbar, a volver a gritar pero el tren continuaba su viaje. El tren acercaba y reclamaba insistente que bajaran el puente y el niño ahí tirado no oía la desesperación de su padre en sus gritos y silbidos. De repente el operador vio como se deslizaba, como si fuera durante horas, el cuerpecito de su hijo hacia el cajón sin fondo, sin remedio hacia el río, el tren reclamaba mas a cada segundo que bajaran el puente que ya estaba confirmado, la distancia entre el puente y el tren se hacia mas corta y el cuerpecito del niño seguía cayendo, el tren seguía avanzando, el barco estaba detenido ya a un lado del río y al otro lado de la vía del tren, en el puente, las piernas del niño habían ya desaparecido y el hombre, el padre, el operador del puente no podía hacer mas que mirar como el amor, la razón de su vida se iba esfumando, consumándose en un sacrificio y el dolor mas grande que el propio mundo, en un instante tan grande que supera al mundo y lo hace terminarse, en el momento en que ya se había consumado el sacrificio del niño, en el momento en el que el pito del tren no dejaba de sonar. La gente en el tren viajaba tranquila y sonriente recordando a aquel padre y su hijo sonriendo y ondeando la mano.


El hombre consumido ya en lagrimas, con la mano en la palanca que le daría el paso al tren y que lo separaría de su niño, quizá hasta la eternidad, que le daría el paso al tren sin problemas, pero el puente seguía elevado y el pito del tren seguía sonando, la radio también enviaba señales. Un solo grito bastó. En ese instante tiró de la palanca y sintió en el alma como sí terminara en ese instante con su vida y la de su pequeño irremediablemente. Al abrir los ojos notó que el mundo continuaba su rumbo y las lágrimas no tenían fin, el tren había ya dejado de tocar el pito, volvió a sentir sus ojos inundados, su piel mojada, lagrimas, sudor, sea lo que sea era demasiado para que pudiera explicarlo pues aún no volvía a la vida, no hasta el momento en que la primera lagrima cayó desde su rostro, dio un roce en su mano, llego al suelo y los segundos volvieron a transcurrir.


Corría en dirección al puente.


La tarde se mostraba nostálgica y somnolienta desde las ventanillas del tren, desde aquel mítico vagón donde la ultima mujer en despedirse, vio a la distancia, cuando el tren doblaba en la vía, al hombre corriendo hacia el puente y en la distancia noto la inmensa desesperación que ahora invadía el rostro de aquel hombre que en su recuerdo tenia sonriente a lado del niño que sin duda era su hijo, y fue en ese instante que ella también sintió que algo terrible había sucedido, sin poder hacer nada al igual que el hombre, el que ahora era un padre desconsolado y un mártir anónimo de aquel puente, aquel que el tren aun atravesaba, la impotencia y la desesperación aumentaban, el flujo de las lagrimas no podía ser mas intenso, las ventanillas del tren pasaban y pasaban, él solo miraba entre los vagones con los ojos inundados y los pasajeros que lo veían sin entender nada, la impotencia y la desesperación ahora acompañaban un llanto único, el llanto de un padre que siente haber perdido a un hijo, su único hijo, la mitad de su sonrisa plena. El tren terminaba su paso. El hombre corrió en busca de su última esperanza, pero el final de la historia de aquella estación, en aquel pueblo de la mejor tarde de invierno se había consumado.


Aquel hombre nunca más volvió a la estación del tren, nunca más a las cuatro de la tarde de ningún día, ni a cualquier hora. Ahora la historia de aquella estación era otra, la tarde de aquel pueblo continuó en invierno nostálgico y somnoliento. Todo continuó con su rumbo normal. El tren nunca se iba a detener y jamás lo hizo, pero desde el momento en que los segundos volvieron a ser tiempo en la vida del operador, ya nada sería igual. La sonrisa plena ya estaba por la mitad, ya no sería la misma, ya casi no existiría, ya no existiría en la estación y aquel vagón mítico continuaría sus viajes sin ser ahora despedido.


Mucho tiempo después, cuando aquel hombre caminaba por la calle llevando de la mano a su soledad y en su sonrisa ausente dibujada ahora la nostalgia de aquella tarde de invierno que no olvidaría, se encontró a lo lejos con una sonrisa muy familiar, la ultima sonrisa de aquella historia de la estación, era ella, aquella mujer que preocupada buscaba un encendedor para un cigarro en aquel vagón completamente en madera, aquella que fue la ultima sonrisa compartida de su hijo con alguien de aquel vagón. Estaba ella muy distraída una vez más, pero ahora con la sonrisa que aquel hombre había perdido, estaba ella años después con una niña que sin duda era su hija. Lo sabia, porque el sabia que solo un hijo podía hacer que un padre sonría de esa manera. Fue en ese momento que el hombre volvía a ser padre y volvió a sonreír, dio la vuelta a su rumbo. Continuó con aquella sonrisa que había perdido, comprendió el valor de su sonrisa perdida en otra sonrisa, volvió la mirada hacia donde estaba aquella mujer y se encontró con la mirada de aquella niña que lo miraba sonriente, se encontró con la mirada que nunca olvido de su hijo, levantó la mano, la ondeó y la niña con una sonrisa aun más plena también le sonrió y lo despidió, volvió la mirada a su nuevo rumbo, recupero la plenitud de su sonrisa, comprendió y reconfirmó que el sacrificio de su felicidad había sido recompensada en otras vidas y que su felicidad perdida había iluminado otras sonrisas.