Aquella tarde del diecinueve de Abril, cansado de la rutina del libreto diario me propuse vivir una pequeña aventura. Pensé en la manera más original, cogí el teléfono y busqué un número de entre mis recuerdos, a cada timbre me imaginaba como empezar la conversación sin caer en el pánico para no arruinar la sorpresa. Me contestó ella misma, con su voz clara y plena, como quien me da la sensación de que ya esperaba mi llamada, con un ¡hola! Sabiendo quizás que tengo hoy algo importante y diferente, sobre todo diferente, de que hablarle, más que hablar, proponer. Dudé unos instantes. No entendía de donde nacían esos nervios que ahora me inundaban y no me dejaban hablar, con voz serena y diferente la saludé, como si el tiempo no hubiese pasado y todo fuera como aquella primera vez cuando la conocí. Escuchó mi propuesta, también dudo unos instantes y acepto salir conmigo aquella noche del diecinueve de abril. Me fue inevitable, quizás necesario, recordar que nuestro primer y casi habitual lugar de encuentro era la banca de un parque, del cual yo aseguraba seria mío algún día, del cual también exactamente desde aquella especial banca, puntualmente a las nueve de la noche, sabíamos ella y yo de la vista sin igual de la luna, cual privilegiado espectáculo personal.
Esa tarde del diecinueve de Abril me quedaban recuerdos del inevitable romance que una vez había nacido entre los dos. Luego, ella se había casado, el esposo era una buena persona, trabajador, dedicado en su posibilidad a su familia, no había tiempo mas importante para él, solo mas importante sus tres hijos. Cada uno de ellos seguro de cual seria el rumbo que debían seguir, sin embargo nada había mermado en ella su espíritu juvenil.
A esa hora su marido no estaría en casa y los niños estarían ya en cama, como ella me dijo que seria y alguna vez lo habíamos conversado. Ella al igual que yo, tenía la curiosidad y la necesidad de vivir momentos diferentes, momentos de diversión después de los años que habían pasado. El esposo como lo sabia yo y como lo acababa de percibir, era uno de esos hombres que trabaja en exceso y que en sus prioridades nunca pondría sobre su trabajo y su descanso una noche para el recuerdo y la diversión, o quizás no hubo notado nunca la necesidad de libertad de su esposa.
Al escuchar el primer tono del timbre que me decía que ella había ya terminado la conversación, después de su enternecedora y emocionada despedida. Me quedé pensando en ella. Era una mujer que pese a su inmensa capacidad y entrega de madre había sabido mantenerse bonita. Los años habían confirmado su belleza, perfeccionado su carácter sin hacerle perder su fresca y tierna jovialidad. Era amiga, estuvo siempre presente para mí, siempre elegante, inteligente, culta y de trato encantador. Fue así como ella me esperaría o esperaría a las nueve en aquella banca de la primera vez, o esperaría a recordar conmigo aquellos momentos, quizás revivirlos.
La había conocido cuando aún una muchachita llena de alegría, de aquella jovialidad pero siempre sobria, un equilibrio increíble, era la forma en la que yo siempre la adoré. Fue allá en una ciudad de verde ausente y cielo hermoso, pero casi siempre gris, éramos estudiantes, salíamos a bailar juntos a discotecas, aunque a mí nunca me hubiese gustado la música a pleno volumen pero si quizás bailar. Entonces también recorríamos parques y conversábamos mucho, era que disfrutaba de aquella banca, del viento, su presencia, su voz, su jovialidad, en fin, era ella y yo.
A las nueve de la noche de aquel diecinueve de Abril la busqué en el lugar concertado, ahora no tengo la certeza, no sé si busque yo en el parque que algún día tendría que ser mío la banca donde sabia estaría ella, por su necesaria e impugnable puntualidad o buscaba la mejor vista de la luna, donde estaba seguro también estaría ella.
Fui sorprendido pues llegue puntual a la banca la cual estaba en el parque que algún día tendría que ser mío, como se lo había prometido y también llegue puntual al lugar de la mejor vista de la luna y tampoco había llegado. Algo había cambiado, no era un mal presagio, por primera vez tendría que esperarla. No fue muy duro, la espera se limitó a unos poquísimos minutos hasta que noté la nerviosa silueta suya caminando cada vez más cerca, caminando entre el frío, venciéndolo y cada vez más cerca. Como la primera vez no hubieron palabras para recibirla con la emoción que embargaba el momento, y una vez mas como la primera vez, ella rompió el silencio, sonriente y nerviosa, lo hacia para darme calma y porque todo anduviera bien. Fue un “hola” a unos pasos de distancia delatando su emoción y dándome la sensación de poder controlar la situación. La besé en la mejilla. Noté que ella también recordaba y revivía el tiempo pasado y ahora no muerto de aquella banca en aquel parque que ahora habíamos encontrado diferente pero igual de precioso.
Esa tarde del diecinueve de Abril me quedaban recuerdos del inevitable romance que una vez había nacido entre los dos. Luego, ella se había casado, el esposo era una buena persona, trabajador, dedicado en su posibilidad a su familia, no había tiempo mas importante para él, solo mas importante sus tres hijos. Cada uno de ellos seguro de cual seria el rumbo que debían seguir, sin embargo nada había mermado en ella su espíritu juvenil.
A esa hora su marido no estaría en casa y los niños estarían ya en cama, como ella me dijo que seria y alguna vez lo habíamos conversado. Ella al igual que yo, tenía la curiosidad y la necesidad de vivir momentos diferentes, momentos de diversión después de los años que habían pasado. El esposo como lo sabia yo y como lo acababa de percibir, era uno de esos hombres que trabaja en exceso y que en sus prioridades nunca pondría sobre su trabajo y su descanso una noche para el recuerdo y la diversión, o quizás no hubo notado nunca la necesidad de libertad de su esposa.
Al escuchar el primer tono del timbre que me decía que ella había ya terminado la conversación, después de su enternecedora y emocionada despedida. Me quedé pensando en ella. Era una mujer que pese a su inmensa capacidad y entrega de madre había sabido mantenerse bonita. Los años habían confirmado su belleza, perfeccionado su carácter sin hacerle perder su fresca y tierna jovialidad. Era amiga, estuvo siempre presente para mí, siempre elegante, inteligente, culta y de trato encantador. Fue así como ella me esperaría o esperaría a las nueve en aquella banca de la primera vez, o esperaría a recordar conmigo aquellos momentos, quizás revivirlos.
La había conocido cuando aún una muchachita llena de alegría, de aquella jovialidad pero siempre sobria, un equilibrio increíble, era la forma en la que yo siempre la adoré. Fue allá en una ciudad de verde ausente y cielo hermoso, pero casi siempre gris, éramos estudiantes, salíamos a bailar juntos a discotecas, aunque a mí nunca me hubiese gustado la música a pleno volumen pero si quizás bailar. Entonces también recorríamos parques y conversábamos mucho, era que disfrutaba de aquella banca, del viento, su presencia, su voz, su jovialidad, en fin, era ella y yo.
A las nueve de la noche de aquel diecinueve de Abril la busqué en el lugar concertado, ahora no tengo la certeza, no sé si busque yo en el parque que algún día tendría que ser mío la banca donde sabia estaría ella, por su necesaria e impugnable puntualidad o buscaba la mejor vista de la luna, donde estaba seguro también estaría ella.
Fui sorprendido pues llegue puntual a la banca la cual estaba en el parque que algún día tendría que ser mío, como se lo había prometido y también llegue puntual al lugar de la mejor vista de la luna y tampoco había llegado. Algo había cambiado, no era un mal presagio, por primera vez tendría que esperarla. No fue muy duro, la espera se limitó a unos poquísimos minutos hasta que noté la nerviosa silueta suya caminando cada vez más cerca, caminando entre el frío, venciéndolo y cada vez más cerca. Como la primera vez no hubieron palabras para recibirla con la emoción que embargaba el momento, y una vez mas como la primera vez, ella rompió el silencio, sonriente y nerviosa, lo hacia para darme calma y porque todo anduviera bien. Fue un “hola” a unos pasos de distancia delatando su emoción y dándome la sensación de poder controlar la situación. La besé en la mejilla. Noté que ella también recordaba y revivía el tiempo pasado y ahora no muerto de aquella banca en aquel parque que ahora habíamos encontrado diferente pero igual de precioso.
Caminamos, no pudimos sentarnos pues la banca estaba ahí perfecta, pero la luna fue sometida por las nubes de aquella fría noche y aquel repentino cielo nublado. Caminábamos por aquel parque que jamás olvidamos, hasta que noté en un roce con su piel que estaba fría, le ofrecí cenar en un restaurante que conocía para esa noche, a media luz, al sonido de un pianista que me dijeron talvez haya estado empezado a tocar el mismo día en que ella y yo nos conocíamos, nunca lo supe. Una vez más el momento en el restaurante, fue como si fuera la primera vez, la más bella primera vez con ella a mi lado con esa magia que hacia mucho tiempo habíamos olvidado. El ambiente con el piano aislándonos de la realidad se prestaba a la confidencia, fue tal la magia y el piano que solo volví a la realidad cuando noté su mano cobijándose con la mía, como quien busca seguridad y quiere sentir que el momento es real, yo era real, ella es real, y el piano y su melodía, no los puedo explicar.
Nadie tenía derecho a juzgarnos. Ambos éramos personas maduras y si bien teníamos responsabilidades de familia, nada malo había en que saliéramos a recordar y a volver a las sonrisas de la primera vez. Salimos del restaurante con ella cobijada en mi brazo, como fue la primera vez. Decidimos como lo hacíamos antes, ir a bailar.
Bajamos las escaleras de un club, dentro todo era penumbra, era un lugar lo mas cercano a la primera vez, este era un tanto más intimo; cuando por fin logré dar el vistazo, todos ahí, como nosotros eran personas que parecían ser una por la proximidad de sus cuerpos en la penumbra, como nosotros eran personas tomadas de la mano y la cintura. Nadie notaba nuestra presencia, me pareció que cada uno de esos cuerpos meciéndose entre las notas de la canción, que murmuraba en ese momento, volaba y volvía en el tiempo hasta aquella primera vez en que se encontraron tan cerca. Entramos entre todos esos recuerdos y ubicamos un lugar para dos personas que buscan también su primera vez, era un lugar tan confidencial, muy íntimo, al punto que dudo alguien se hubiera cuenta que estábamos ahí, un lugar que discreta y abiertamente te invita al amor.
Salimos a bailar. Sentí su cuerpo junto al mío, fue siempre como la primera vez, ya no tenia sus manos entre las mías, ahora estaban entrelazadas, confundidas sobre mi cuello, mis manos encontraban su silueta escondida bajo el suéter que traía puesto. La acariciaba como si fuera la primera vez, tratando de descubrirla entre tanta belleza, éramos parte del grupo de los de la primera vez, pero a la vez no estábamos con ellos, el mundo se redujo a la música, la penumbra, sus manos sobre mi cuello, su aliento cada vez mas cercano al mío, mis manos descubriéndola y cada canción fuera cual fuere, se hacia lenta en nuestra dimensión. La música era de un mundo ordinario, un mundo del cual salimos cuando lo inevitable sucedió. Un beso. Un primer beso, digo primer porque fue como la primera vez, estoy seguro y con conocimiento de causa lo afirmo, era la mejor primera vez de aquel club, era la mejor primera vez entre todas aquellas primeras veces en el club de las primeras veces y otro beso, este muy apasionado y otro más. Y no corten la música que el siguiente beso será más que una primera vez, será único como cada uno de esos momentos.
Palabras de un amor que había vencido al tiempo. Allí estábamos reviviendo el pasado que se hacía presente. Nuestros caminos nos habían unido una vez más, como la primera vez. No había ni asomo de remordimiento en aquella entrega de mentes, corazones y cuerpos. Estábamos inmensamente felices, no había mas que nosotros en ese universo de felicidad, donde ya el pasado sobre el presente y donde todo era por primera vez.
Al llegar a su casa, bajé a abrirle la puerta del carro. Todo estaba silencioso, los hijos dormían hacia ya rato. Nos miramos sin decir palabra, asumiendo que por primera vez deseábamos que esta no fuera la última vez, deseábamos que no se terminara la noche. Nos dimos un beso prolongado, cual fuera el último beso de la noche, como si fuera la primera vez, a sabiendas que era el último de la noche, esa era la magia. Me tomó de la mano sorpresivamente y me invitó a pasar. Muy temprano, por la mañana, giré la mirada y estaba ella a mi lado, con la paz de un ángel, no quise despertarla, la abrigue y camine hacia la puerta y ella me dijo, mi amor, los niños hoy no van a la escuela. Esa mañana ella y yo nos amamos como siempre y más que la noche anterior y como si fuera por primera vez, empezamos una vida de casados una vez más.
Nadie tenía derecho a juzgarnos. Ambos éramos personas maduras y si bien teníamos responsabilidades de familia, nada malo había en que saliéramos a recordar y a volver a las sonrisas de la primera vez. Salimos del restaurante con ella cobijada en mi brazo, como fue la primera vez. Decidimos como lo hacíamos antes, ir a bailar.
Bajamos las escaleras de un club, dentro todo era penumbra, era un lugar lo mas cercano a la primera vez, este era un tanto más intimo; cuando por fin logré dar el vistazo, todos ahí, como nosotros eran personas que parecían ser una por la proximidad de sus cuerpos en la penumbra, como nosotros eran personas tomadas de la mano y la cintura. Nadie notaba nuestra presencia, me pareció que cada uno de esos cuerpos meciéndose entre las notas de la canción, que murmuraba en ese momento, volaba y volvía en el tiempo hasta aquella primera vez en que se encontraron tan cerca. Entramos entre todos esos recuerdos y ubicamos un lugar para dos personas que buscan también su primera vez, era un lugar tan confidencial, muy íntimo, al punto que dudo alguien se hubiera cuenta que estábamos ahí, un lugar que discreta y abiertamente te invita al amor.
Salimos a bailar. Sentí su cuerpo junto al mío, fue siempre como la primera vez, ya no tenia sus manos entre las mías, ahora estaban entrelazadas, confundidas sobre mi cuello, mis manos encontraban su silueta escondida bajo el suéter que traía puesto. La acariciaba como si fuera la primera vez, tratando de descubrirla entre tanta belleza, éramos parte del grupo de los de la primera vez, pero a la vez no estábamos con ellos, el mundo se redujo a la música, la penumbra, sus manos sobre mi cuello, su aliento cada vez mas cercano al mío, mis manos descubriéndola y cada canción fuera cual fuere, se hacia lenta en nuestra dimensión. La música era de un mundo ordinario, un mundo del cual salimos cuando lo inevitable sucedió. Un beso. Un primer beso, digo primer porque fue como la primera vez, estoy seguro y con conocimiento de causa lo afirmo, era la mejor primera vez de aquel club, era la mejor primera vez entre todas aquellas primeras veces en el club de las primeras veces y otro beso, este muy apasionado y otro más. Y no corten la música que el siguiente beso será más que una primera vez, será único como cada uno de esos momentos.
Palabras de un amor que había vencido al tiempo. Allí estábamos reviviendo el pasado que se hacía presente. Nuestros caminos nos habían unido una vez más, como la primera vez. No había ni asomo de remordimiento en aquella entrega de mentes, corazones y cuerpos. Estábamos inmensamente felices, no había mas que nosotros en ese universo de felicidad, donde ya el pasado sobre el presente y donde todo era por primera vez.
Al llegar a su casa, bajé a abrirle la puerta del carro. Todo estaba silencioso, los hijos dormían hacia ya rato. Nos miramos sin decir palabra, asumiendo que por primera vez deseábamos que esta no fuera la última vez, deseábamos que no se terminara la noche. Nos dimos un beso prolongado, cual fuera el último beso de la noche, como si fuera la primera vez, a sabiendas que era el último de la noche, esa era la magia. Me tomó de la mano sorpresivamente y me invitó a pasar. Muy temprano, por la mañana, giré la mirada y estaba ella a mi lado, con la paz de un ángel, no quise despertarla, la abrigue y camine hacia la puerta y ella me dijo, mi amor, los niños hoy no van a la escuela. Esa mañana ella y yo nos amamos como siempre y más que la noche anterior y como si fuera por primera vez, empezamos una vida de casados una vez más.
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